X A R B E T

Yo soy yo, y comparto circunstancias

El Tonto, la bizca y el niño.

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Honorato, era un hombre honesto, al menos, quería parecerlo, lo que en nuestros tiempos no es poco, pero  a veces se precipitaba.

El bolso  estaba sobre el asiento del metro,  sin nadie que lo custodiara, por lo visto, nadie se había percatado de su soledad inmensa.

Y Honorato, que ya hemos dicho que a veces era un poco impulsivo y poco reflexivo, en vez de ir a sentarse a su lado para hacerle compañía, que era lo que tenia que haber hecho, dijo en voz alta:

-Ostras, un bolso ¡¡¡

Honorato  lo cogió y levantó la vista para ver si alguien lo reclamaba.  Todas las miradas estaban puestas en el.

-Habrá que buscar a su dueño, indicó mientras lo abría para buscar algún documento identificador, pero allí sólo había dinero.   Mucho dinero en billetes de quinientos euros.

-Aqui hay mucha pasta, dijo el tonto con voz  un poca gangosa.  ¡¡Hala¡¡ comentó la bizca sin que nadie supiera donde miraba.

El niño, desde su posición en medio del grupo, no perdía de vista el bolso, como si lo estuviera exortizando.

Hubo mas miradas interesadas al oir hablar de dinero, pero todas disimularon como si la cosa no fuera con ellos, solo aquel niño, el tonto y aquella mujer que estaba de lado, seguian expectantes.

Estaba obligado a decirlo. No pudo evitarlo. Mientras el vagón disminuía progresivamente la velocidad para ir muriendo en el andén, afirmó en voz alta y con seguridad:

¡¡Hay que devolvérsela a su dueño. Aquí hay mucho dinero. ¡¡¡¡

La gente no aplaudió, pero casi, cabecearon con satisfacción y con media sonrisa en la cara. Solo tres, no sonreían, solo miraban y esperaban.

Parado el convoy, dirigió sus pasos en busca del jefe de estación o de alguna autoridad competente para hacer entrega de la cartera.

Tres pares de zapatos le siguieron sin dudarlo un instante.

Ya sabéis que nunca hay un jefe de estación en la estación, y si lo hay está siempre escondido no sea que le molesten, por lo que anduvieron dos veces todo el largo del andén en su búsqueda.

Mientras andaba iba pensando que la comitiva que lo acompañaba no era muy de su agrado, como si hubiera cierta desconfianza en su actitud.

-Lo dejaré en la comisaria que está al lado de donde trabajo,  dijo en voz alta y convincente, mientras se dirigía hacia las escaleras.

No resultó, sus acompañantes seguían a su lado como si el olor del dinero fuera un poderoso imán.  Por lo visto,  ni el tonto era tan tonto, ni el niño inocente, y la bizca…. la bizca no perdía detalle, abarcaba todo el horizonte como un escáner en un ir y venir de ojos.

Y cuando por fin, se supone que gracias a las cámaras de seguridad a las que el tonto del tonto había hecho señales con los brazos, apareció un sujeto afirmando que era el jefe de estación, se le hizo entrega solemne del bolso.

El uniformado lo abrió, sacó los billetes, dudó en si contarlo, pero al ver que no se esperaba otra cosa de él, lo hizo. Siete mil seiscientos euros dieron fe de su existencia.

Acompáñeme, tenemos que levantar acta del objeto extraviado.

Y le acompañó, altivo, presumiendo de su honradez.

Lo hizo solo, el tonto, el niño y la bizca, habían perdido de repente todo su interés.

 

 

 

 

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7 Abril 2016 - Posted by | Sociedad

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