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Yo soy yo, y comparto circunstancias

EL HOMBRE DE LOS CALCETINES VERDES. (El Club de los Jueves)


Escrito por: f-menorca el 09 Jul 2009 – URL Permanente

Traje gris marengo, zapatos y calcetines negros, camisa azul cielo y corbata azul marino.

Pulcro, impecable, tal como correspondía a un ejecutivo medio, serio y trabajador, en una empresa importante.

Tenía varias alternativas, el traje beige, que combinaba con los calcetines color hueso, los zapatos marrones y la corbata a rayas. Y de vez en cuando el conjunto azul marino.

Para él, tenían menos importancia la corbata y la camisa que los zapatos y calcetines. Cuando tenía una visita, después de saludarlo, observaba su calzado. Era el primero de los índices que le servían para evaluar a las personas.

Pero un día, metió la pata. Si, si, tal y como suena. Estaban invitados a una fiesta en casa del director de su oficina, todos iban vestidos elegantemente, y él, por supuesto también, pero sucedió…

Visitando las instalaciones, en compañía de su jefe, sin darse cuenta, metió el pié en un cubo lleno de guano. Hasta más arriba del tobillo le llegó la mierda. Su anfitrión compungido, intentó quitárselo con la manguera, pero evidentemente, necesitaba un repuesto de calzado.

Subieron a la habitación, con el zapato mojado en la mano y el pantalón arremangado, y le proporcionaron otro par de zapatos que a pesar que le venían grandes, podrían suplir a los suyos, y un par de calcetines…..¡ VERDES ¡

Fue como un shock, nunca había usado calcetines de aquel color, eran además de un verde botella y le llegaban casi hasta las rodillas. Estuvo a punto de protestar y pedir que se los cambiaran, pero ya estaba sólo en la habitación y no era cuestión de empezar a revolver cajones, por lo que se armó de valor y se los puso.

Con un traje negro, resultarían chocantes, pero pasarían. Pero aquel día, llevaba un pantalón azul clarito, y la combinación era horrible.

Se reunió de nuevo con los invitados, dando explicaciones a unos y otros de lo que había pasado, no fuera que se pensaran que el vestía así habitualmente, pero a medida que pasaban los minutos, se notaba más cómodo, más alegre, más contento, incluso diferente.

Se cruzó con mujer del cajero, y después de decirle que estaba preciosa, le dio, al seguir su camino, un sonoro cachete en el culo. No fue la única. Aquella noche, todas las señoras del lugar, incluso la suya, fueron objeto de sus bromas requiebros y acercamientos varios. Incluso a una de las camareras, la acorraló en un rincón, del que tuvo que escaparse la chica acomodándose la ropa. Con los hombres estuvo divertido, ocurrente, socarrón, se convirtió en el centro de atención de todos.

Lo peor, fue que una de las presentes, recibió con mucho agrado sus aproximaciones, y se lo llevó a un rincón del patio de donde lo sacó su esposa en situación harto embarazosa.

Su mujer, cabreada se fue a su casa, y él tuvo que seguirla en un taxi para evitar un desaguisado mayor.

Al final, todo acabó bien. Le dijo a su mujer que había bebido demasiado, pidió perdón, se mostró compungido, y sellaron la reconciliación con un polvo que recordarían como uno de los mejores de su vida.

Resoplando todavía, desnudo en la cama, se dio cuenta que no se había quitado los calcetines. Resplandecían orgullosos más allá de su barriga. Marcaban en verde el signo de la victoria.

Y a la mañana siguiente, cuando se dirigía al trabajo, enfundado en uno de sus mejores trajes, al pasar frente a un mostrador, se quedó embelesado frente al cristal. Sus ojos habían quedado enganchados a unos calcetines verdes. Dudó en seguir, quiso hacerlo, pero sus piernas no el obedecieron y al final emprendieron el camino de entrada al establecimiento.

La dependienta, le sacó varios tipos de calcetines verdes, pero al final, se decidió por unos leotardos de un verde chillón. Eran de un tejido fino y elástico.

No tuvo ni siquiera la paciencia de llegar a la oficina, en el primer bar que se encontró, se metió en el baño, y se puso su nueva adquisición.

Los calcetines por encima, para que no se notaran al sentarse y salió embutido en sus nuevas calzas más contento que un chico con zapatos nuevos.

El efecto fue inmediato. Se sintió más seguro de sí mismo, más osado, mas capaz de conseguir cualquier cosa que se propusiera. Había perdido su timidez y la preocupación por el que pensaran los demás, era un triunfador.

A partir de aquel día, la prenda mágica fue su compañera inseparable, y el éxito en su trabajo y en su vida profesional fue tremendo. De empleado pedestre y tranquilo se convirtió de repente en ejecutivo agresivo y transgresor. Las cosas empezaron a irle cada vez mejor, más clientes, más ingresos, mas poder en la empresa.

También más influencia sobre sus compañeros, más dominio, más capacidad de liderazgo.

Todos empezaron de repente a verlo como el sucesor del jefe y a considerarlo “de facto” como el subdirector.

El proceso era algo arduo, pero efectivo. Compró una docena de leotardos verdes, los puso en una cartera que había preparado al efecto, y cuando tenía tres de sudados, los llevaba a una tintorería para que se los lavasen. Cada día, en el bar donde desayunaba, iba a los servicios y se ponía el uniforme de trabajo. Por la tarde, al regresar, hacia la operación inversa.

Se había convertido también en un tenorio empedernido, se pasaba el día mariposeando de flor en flor con todas las chicas de la empresa, Todos los culos eran objetivo prioritario y ninguno se libró de su labor de acoso.

Un suceso sin embargo puso fin a tan meteórica carrera. Un día, una chica que llevaba una preciosa blusa verde, entró en el baño, y él no pudo evitar la tentación de seguirla.

Sin demasiadas contemplaciones, y pese a sus protestas, empezó a besarla y a magrearla en una lucha desigual en la que los botones llevaban la peor parte. La chica luchaba en silencio para sacárselo de encima, pero él estaba cada vez mas excitado. El hecho de que no gritara le daba ánimos. Ya la tenía recostada en el inodoro, cuando al desabrocharse el cinturón y bajarse los pantalones, quedaron a la vista sus llamativos leotardos.

La chica que hasta ahora había evitado gritar, no pudo esta vez contener una sonora carcajada.

Se quedó de piedra. No había calculado el efecto que su atuendo podía tener. La excitación que sentía, se acabó en un segundo. Mientras tanto, la chica se había repuesto, y recomponiendo su ropa, salía del baño riéndose.

Se quitó las calzas apresuradamente, con ellas en la mano no se le ocurrió nada mejor que esconderlas en el fondo de la papelera. Y salió del baño aparentando dignidad.

El coro de miradas y risitas era notorio. De vez en cuando se oía un “ji ji” ahogado detrás de una mano. Decidió ir a por un café, y cuando volvió, se encontró con que su prenda talismán había sido recuperada de la papelera y colgada indolentemente del cuadro que presidia la oficina y que era del padre del presidente de la compañía.

Tuvo que escapar. Cogió su chaqueta y salió a la calle. Estuvo muchas horas deambulando sin rumbo, aturdido, su carrera en la empresa había evidentemente acabado y del affaire de los leotardos tarde o temprano se iba a enterar su mujer, en aquellos tiempos se había creado muchos enemigos y seguro que aprovecharían la ocasión para delatarle.

Completamente abatido, llegó a las afueras de la ciudad soñando con suicidarse, cuando en una esquina lo vio.

No podía dar crédito a sus ojos, llevaba el pelo recogido debajo de un sombrero de tres picos, y una casaca larga. Cuando se giró vio su camisa blanca con encaje blanco en el cuello y la botonera, y… unas preciosas calzas verdes que torneaban sus muslos y sus caderas como si fuesen parte del cuerpo.

¿Era un hombre o una mujer?.

Rezumaba ambigüedad por todos los poros, y también una sensualidad y una frescura que traspasaba los umbrales de lo meramente humano.

Se le acercó embelesado, sorbiendo los vientos, suspirando por una mirada o un gesto amistoso. Y encontró la dulzura de sus ojos y el favor de una sonrisa.

Alli mismo se besaron, ajenos al mundo y a lo que les rodeaba. Y luego, enlazados por el talle, fueron caminando calle abajo, sin rumbo, sin destino…

Esta semana el tema era sobre los trastornos de personalidad. Yo, que no entiendo mucho de psiquiatría, he pensado en verde. Otros relatos los encontrareis en:

crariza;

psiquiatra de familia;

Bloody;

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7 Desembre 2009 - Posted by | Relatos

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