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Yo soy yo, y comparto circunstancias

VIAJE A LA DESMESURA

03 Dic 2009


Escrito por: f-menorca el 03 Dic 2009 – URL Permanente

Aquel a quien los dioses quieren destruir,
primero lo vuelven loco.


Tomás, se levantaba siempre de mal humor. Le parecía mal el horario de la oficina, su salario, la distribución de trabajos. Nada le gustaba. Tampoco le gustaban sus compañeros, y menos aún su jefe.

A la furia del despertar le seguía el boicot que le hacían todos los elementos de la casa, el grifo de la ducha, que no había quien lo graduara, la cafetera, la tostadora, todo se ponía en su contra y le hacía la vida imposible.

Su mujer y sus hijos, quedaban en la cama, quietos hasta que oían la puerta de la calle que se cerraba. Era el momento de poder salir libremente y disfrutar de la casa sin el ogro de los siete mares pululando por los pasillos. Le conocían, le evitaban y procuraban no hacerle demasiado caso.

En la calle, Tomás, se sentía libre, aspiraba el fresco aire de la mañana y la mueca de sus labios se podía tomar, con un poco de imaginación, por una sonrisa. Enfundado en su abrigo gris, con el sombrero hasta los ojos, su metro ochenta y cien quilos de peso, desafiaban el frío y el viento, como si fueran compañeros de viaje.

Todo era perfecto, hasta que llegaba a la parada del autobús. Aquí, empezaba a germinar la ira. El autobús, tardaba más de lo debido, al llegar, todos querían subir el primero, sin respetar el orden de llegada, y luego… venían las apreturas.

Era algo que no podía consentir. Al subir, normalmente, todos los asientos estaban ocupados, pero había suficiente espacio para los de pié. Él se colocaba en el centro, junto a la ventana, en el sentido de la marcha, con una mano en la barra lateral, y mirando por la ventana, Era su lugar y su espacio.

Poco a poco, en sucesivas paradas, el vehículo se iba llenando, y su terreno se iba reduciendo. Iba asistiendo con creciente disgusto a la invasión de la plebe. No toleraba que le empujaran, ni que lo rozaran, y reaccionaba violentamente contra los que se acercaban demasiado.

Llegaba un momento en que estaba empujando a todos para hacerse un hueco, para evitar ser aplastado y asediado. Su resistencia a ser acosado era feroz, y su fortaleza se imponía, pese a que más de una vez, tuvo enfrentamientos verbales con sus compañeros de viaje, que le recriminaban su actitud.

A veces soportaba el viaje durante cuatro paradas, a veces cinco, pero tarde o temprano, se sacudía la gente de alrededor y bajaba entre improperios propios y ajenos.

Luego seguía a pié hasta su oficina, jurando y maldiciendo, intentando aplacar su ira, y olvidarse de los que le rodeaban.

Pero poco a poco, con el paso del tiempo, se fue dando cuenta de que la gente se acercaba cada vez menos a el. . Quizá era por hastío, o por que no querían bronca a aquellas horas de la madrugada, pero pese a estar el autobús lleno, su margen era cada vez más respetado. Podía llegar sin problemas a su parada.

Y llegó el día, en que su espacio se convirtió en sagrado. Parada a parada el autobús iba absorbiendo más y más personas que se apretujaban unas con otras, pero que no entraban en su círculo próximo

Y por una vez, giró la cabeza y observó a sus compañeros de viaje.

Vio miradas de odio, de asco, algunas de lástima, todas dirigidas a él. Buscó alguna que fuera amiga, cómplice, que le entendiera, pero todas le esquivaban. Se sintió solo, demasiado solo. Por un momento, tuvo necesidad del contacto de las personas, de ser uno más, pero le evitaban y le rehuían.

Y sitió envidia de aquellos seres apretujados que se balanceaban al ritmo de la marcha del vehículo, el grupo era pacifico, sin nadie que desentonase, homogéneo, sin enfados ni codazos, era como un campo de trigo mecido por el viento.

Y la envidia fue creciendo y creciendo, hasta llegar a la desmesura, y algo se cruzó en su mente.

No fue consciente de que se lanzaba contra los demás, abrazándolos y besándolos. No fue consciente de que todos lo rechazaban ni de que era reducido por los guardias, ni que era llevado al hospital entre ulular de sirenas.

Con la mirada perdida, en el patio del psiquiátrico, no entendía todavía por qué, nadie se sentaba en el banco a su lado.

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6 Desembre 2009 - Posted by | Relatos

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