X A R B E T

Yo soy yo, y comparto circunstancias

SU ULTIMA CENA

Mesa para dos en el restaurante de mi amigo Ho min. En un rinconcito discreto, tenuemente iluminado, se oyen los acordes inconfundibles de un Koto gimiendo con la melancolía de un adiós o el trémulo rumor de las hojas en el bosque.

La mesa, cuidadosamente presentada. A la izquierda el cuenco con el arroz, a la derecha el cuenco de sopa. Detrás, el Tsukemono, el Enokitake y el Shimeji como platos de acompañamiento.

Las salsas y aliños, también dispuestos Shō-yu, Dashi, Mirin, Katsuobushi, y Niboshi.
Todo en su sitio, al frente los palillos con los extremos puntiagudos mirando a la izquierda, los pétalos de rosa, esparcidos sobre el mantel.

Mi mujer, Marisa, estaba espléndida, como siempre. Era una mujer hermosa, grande y poderosa, pero con la línea muy cuidada hasta el último detalle. De hecho, no recordaba haberla visto nunca despeinada o mal vestida. Siempre, aunque acabara de levantarse estaba, con su bata de seda y sus zapatillas de felpa, a punto de pasar revista. Con el pelo recogido o suelto, siempre conseguía este punto de arreglo adaptado a las circunstancias. Era algo innato en ella. Había vivido desde pequeña en una casa pudiente, los mejores profesores, las mejores peluquerías, masajistas, estilistas, profesores de gimnasia, esgrima, natación, equitación. Todo había contribuido a hacer de ella una persona físicamente perfecta y equilibrada.

Cuando me casé con ella, todos dijeron que había dado el braguetazo de mi vida, pero yo me he ganado a pulso todo lo que tengo y el puesto que ocupo. El hecho de que mi suegro sea el director general de la empresa, no implica que yo no sea muy bueno en mi puesto y que haya ido escalando niveles con mi esfuerzo y dedicación.

Rehusé la carta para elegir los platos principales, porque ya sabía lo que quería, Marisa, que me conocía, tampoco puso ninguna pega a que yo eligiera el menú, ella era dócil y agradable, nunca con ella había tenido ninguna discusión ni altercado, nuestra vida era placentera y confortable.

Yo tenía mi trabajo y mis ocupaciones, ella sus amigas, sus sesiones de aerobic, sus asociaciones cívicas y su vida social.

El camarero nos sirvió Tempurandon, era el primero de los platos, un revuelto de fritos de tamaño de un bocado. Fue la primera vez que pensé en Raquel, hasta ahora había evitado hacerlo.

Apareció por la oficina como un torbellino, era una becaria en prácticas, y en teoría su trabajo sólo era ayudar a los demás, pero su protagonismo fue aumentado de día en día. Era pequeña, delgadita, seguro que pesaba menos de cincuenta kilos, rubia, ojos azules casi trasparentes, sin pechos, caderas, ni apenas culo. Se parecía más a un chico que a una chica, salvo cuando te miraba o te decía algo, entonces emergía toda su feminidad, toda su coquetería, su encanto, su atracción inmensa.

El segundo plato era una sopa ligera con hakusai, intestino de vaca y diferentes verduras, en la carta estaba como Motsunabe, y era uno de mis platos preferidos, este día, además, tenía un sabor diferente y especial.

Cuando aquel día entré en el cuarto del archivo, donde Raquel estaba trabajando, sabia que me estaba equivocando, pero a la vez, necesitaba hacerlo, temía y a la vez deseaba encontrarme con ella a solas. Me saludó jovialmente al verme, desde lo alto de la escalera en la que estaba encaramada, y al bajar, se dejó caer sobre mí, que la miraba embelesado desde abajo.

Besaba abrazaba y acariciaba de una manera obsesiva y compulsiva, como si le fuera la vida en cada movimiento, su entrega era total, fantástica, sin tapujos ni esperas.

Hicimos el amor allí mismo, entre estanterías y junto a la escalera, sin pensar en que alguien podría entrar, sin darnos cuenta de lo que hacíamos. Se enroscaba como una serpiente, ágil y sorprendente, como saltando como un pajarillo sobre mi cuerpo. Tuve el orgasmo más intenso de mi vida. Me hizo volver loco, Pese a su pequeñez, dominaba la situación, y me estuvo esperando hasta que exploté y lloré como un poseso.

El Katsundon era una chuleta de pierna de cerdo frita. Estaba cortada paralela al hueso, como una rodaja de muslo con el hueso en el centro. La servían acompañada por hongos shiitake y nameko.

Era una chuleta tierna y deliciosa, Marisa y yo intercambiábamos sonrisas mientras degustábamos la sutileza de aquella carne. Por un día, mi mujer había dejado su severo régimen, y se atrevía a disfrutar del paladar.

La relación con Raquel duró unos tres meses. Ayer acabó. Cada día, al ir a la oficina, prometía no acercarme a ella y terminar nuestro asunto, pero siempre perdía la partida. Hacíamos el amor en los lugares más insospechados, en los lavabos, en el ascensor, en la azotea. Ella era un ser libre, amoral, vital, disfrutaba con lo que hacía y no le importaba nada más. Su vida era el momento, la acción, ni el ayer ni el mañana eran importantes, solo el hoy y el ahora.

Tuvo que acabar, porque tarde o temprano se hubiera enterado mi suegro, y las consecuencias podrían ser imprevisibles, no me veía buscando trabajo a los cuarenta y dos años, fuera de la casa, que era de mi mujer, y teniendo que pasar una pensión a los niños.

Me quedaba con la belleza estática de mi mujer, pulcra e impecable en la cama, fría y quejicosa, sin imaginación ni espíritu.

¿No habría alguna manera de contagiar a Marisa con un poco de la agresividad, alegría y despreocupación de Raquel? ¿Por qué no podrían comulgar ambos cuerpos en uno solo, aunando virtudes y habilidades?

Las korokke (croquetas), eran el último plato, casi se me cayeron las lágrimas al comerlas, iban con algas wakame y hijiki, y eran sublimes. Al morder el crujiente rebozado, mil aromas se elevaban hacia el cerebro, y enaltecían el alma, y exhalaban un aroma demasiado conocido y peculiar.

Marisa, mordía el majar con delicadeza y fruición, entre aquellos dientes perfectos y el óvalo singular de sus labios, y por un momento, estuve seguro que conseguiría mi propósito.

Los ramune, fundiéndose en la boca, con sorbitos de licor de arroz, fueron unos perfectos postres a tan perfecta cena.

Ho min no me trajo la cuenta. Yo ya sabía que sería mucho más cara de lo que se puede poner en una factura de restaurante. Yo no haría preguntas cuando me la presentaran, tampoco había hecho ninguna él cuando le traje yo mismo la carne que quería que guisara.

En la oficina, se extrañaron de que Raquel hubiera desaparecido de repente, nadie, ni su familia ni sus amigos podían dar razón de su paradero. Y es que los seres libres, a veces desaparecen sin dejar rastro.

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6 Desembre 2009 - Posted by | Relatos

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