X A R B E T

Yo soy yo, y comparto circunstancias

SU ULTIMA CENA Versión Femenina

05 Mar 2009


Escrito por: f-menorca el 05 Mar 2009 – URL Permanente

El tapón de la botella de cava, salió con un leve “pluff”, y no pude menos que esbozar una sonrisa. El camarero sirvió a Mario su copa, yo prefería el sake, lo bebía a sorbecitos lentos, como besándolo cada vez, notando como bajaba potente por mi garganta.

Estaban sentados en un rinconcito romántico del restaurante de su amigo Ho min. Era un apartado acogedor, con una tenue luz, se oian los acordes armoniosos de un arpa japonesa, que le recordaban el piar de los pájaros o el rumor de las olas del mar.

La mesa, cuidadosamente presentada. A la izquierda el cuenco con el arroz, a la derecha el cuenco de sopa. Detrás, el Tsukemono, el Enokitake y el Shimeji como platos de acompañamiento.

Las salsas y aliños, también dispuestos Shō-yu, Dashi, Mirin, Katsuobushi, y Niboshi.

Todo en su sitio, al frente los palillos con los extremos puntiagudos mirando a la izquierda, los pétalos de rosa, esparcidos sobre el mantel.

Mario era mi marido, lo veía a través de los reflejos de la luz que iba cambiando las sombras de lugar, mostrando diferentes zonas de su rostro. Era un hombre apuesto, algo, fornido, con sólo un poco de barriga, pero con músculos poderosos y bien desarrollados. No en vano se pasaba horas y horas en el gimnasio.

Aún no se lo que me hizo enamorarme de él, quizá su prestancia y su seguridad al desenvolverse en sociedad. Se le notaba mundología, capacidad de atraer la atención y era amable y simpático.

Cuando nos casamos todos dijeron que había cazado al príncipe soñado. Yo apenas había acabado la carrera y estaba buscando trabajo. En su familia, no sólo me acogieron con gran cariño, sino que me buscaron un sitio en la empresa de su padre.

Nadie me ha regalado nada, todo lo que he conseguido ha sido a través de mi esfuerzo y mi tesón. He sabido salir de la sombra protectora de mi suegro para hacerme respetar por mi misma. Ahora soy directora ejecutiva de ventas, y tengo a mucha gente a mis órdenes.

Le dije a Mario que había encargado un menú especial, y el estuvo encantado con la idea, siempre me dejaba decidir, nunca se oponía, lo que yo hacía estaba bien. Sería una situación perfecta, sino fuera porque hacía lo mismo en la oficina.

Era el perfecto inútil hijo de papá, que cuando no tenia partida de golf, tenia sauna o gimnasio. Era las relaciones públicas de la empresa, pero su trabajo era prácticamente salir a cenar con algún cliente y hacer visitas protocolarias. Su padre, había intentado que asumiera un puesto de responsabilidad, pero no consiguió motivarle ni implicarle en nada. Cuando aparecí yo, encontró el viejo, la solución perfecta, yo era la pieza que le faltaba, la que iría asumiendo poco a poco su trabajo.

El camarero nos sirvió Tempurandon, era el primero de los platos, un revuelto de fritos de tamaño de un bocado. Fue la primera vez que pensé en Rafael, hasta ahora había evitado hacerlo.

Empezó a trabajar a través de una ETT en un momento de agobio de trabajo. Aún no me explico cómo en pocos minutos destacaría entre un mar de empleados grises. Era bajito, con gafas, huesudo, narizota e incluso tenía un poco de chepa. Nadie se lo hubiera mirado por la calle, era un ser físicamente anodino, vulgar. Pero su carácter le hizo destacar pronto. Era amable, simpático, vivaz, servicial, y sobre todo rápido en sus movimientos, acciones y decisiones.

En poco tiempo se convirtió en el que todo lo sabía, el que solucionaba cualquier cosa ya fuera de trabajo, de un ordenador o de un zapato al que se le había roto el tacón. Era unas auténticas manitas, y siempre tenía un detalle con todo el mundo.

El segundo plato era una sopa ligera con hakusai, intestino de vaca y diferentes verduras en la carta estaba como Motsunabe, y era uno de mis platos preferidos, este día, además, tenía un sabor diferente y especial.

Aquel dia que entré en el cuarto donde teníamos el archivo, os puedo asegurar que no sabía que estaba el dentro, pero cuando me llamó desde lo alto de la escalera, con su habitual jovialidad, me pareció que miraba a un ser superior que hacia muecas y me hacia reir.

Me paré bajo la escalera y la moví un poco diciéndole que lo haría caer, y el fingiendo que se caía, aterrizó sobre mi. Sin darme cuenta estábamos besándonos con furor y con ansia, por un momento me olvidé de todo, de mi, de mis hijos, de mi marido. Solo dudé un momento al notar aquella mano entre mis piernas, pensé en parar aquel encuentro, pero mis músculos no me obedecieron y abrieron paso a aquellos dedos furtivos. Hicimos el amor de una manera loca y compulsiva, como si en ello nos fuera la vida, sin importarnos que aquella puerta pudiera abrirse o que alguien nos oyera.

El Katsundon era una chuleta de pierna de cerdo frita. Estaba cortada paralela al hueso, como una rodaja de muslo con el hueso en el centro. La servían acompañada por hongos shiitake y nameko.

Mario y yo intercambiábamos sonrisas mientras degustábamos la sutileza de aquella carne tierna y deliciosa. Por un día, mi marido, comía acompasadamente, despacio, paladeando con delicadeza cada manjar. De vez en cuando un sorbito de la copa de cava.

Cuando salí del cuarto del archivo, temiendo que alguien notara mi sofoco, prometí que aquello no se iba a repetir, de hecho, pensaba llamarle al despacho para decírselo severamente. Pero el resto del día no lo pude localizar, y al día siguiente, cuando me saludó lo hizo con todo respeto y seriedad, como si entre nosotros no hubiera pasado nada. Esto me tranquilizó.

Pero hubo otros encuentros, en la azotea, en el ascensor, incluso una vez, me lo encontré en el baño. Con Rafael, el sexo era directo, sentido, animal, como un torbellino, sabia buscar y encontrar mis urgencias un segundo antes de desearlas, y me hacia sentir querida y deseada, me hacia explotar, como una tapón de una botella de cava que salta furiosa por los aires seguida por una cola de espuma.

Y con Mario, todo era un “pluff”, como cumpliendo un ritual, sin desnudarse apenas, dos chupetones de teta, un par de magreos y dentro que te quiero dentro, para fundirse al poco rato. Yo decía que su fuerza solo la tenía en los músculos

Por él la relación hubiera durado siempre, no pedía nada más que sexo, pero yo no podía jugar más tiempo con fuego. En la oficina, tarde o temprano se iban a enterar, y yo me veía en la calle con una mano delante y otra detrás y con la certeza que ninguna empresa del sector me daría trabajo.

Y ayer lo cité fuera de la oficina, en un apartamento que alquilé por internet, iba a ser nuestra última cita de amor y sexo.

¿No habría alguna manera de contagiar a Mario con un poco de la agresividad, alegría y despreocupación de Rafael? ¿Por qué no podrían comulgar ambos cuerpos en uno solo, aunando virtudes y habilidades?


Las korokke (croquetas), eran el último plato, casi se me cayeron las lágrimas al comerlas, iban con algas wakame y hijiki, y eran sublimes. Al morder el crujiente rebozado, mil aromas se elevaban hacia el cerebro, y enaltecían el alma, y exhalaban un aroma demasiado conocido y peculiar.
Mario, mordía el majar con delicadeza y fruición, entre aquellos dientes perfectos y el óvalo singular de sus labios, y por un momento, estuve seguro que conseguiría mi propósito.

Los ramune, fundiéndose en la boca, con sorbitos de licor de arroz, fueron unos perfectos postres a tan perfecta cena.

Ho min no me trajo la cuenta. Yo ya sabía que sería mucho más cara de lo que se puede poner en una factura de restaurante. Yo no haría preguntas cuando me la presentaran, tampoco había hecho ninguna él cuando le traje yo misma la carne que quería que guisara.

En la oficina, se extrañaron de que Rafael hubiera desaparecido de repente, nadie, ni su familia ni sus amigos podían dar razón de su paradero. Y es que los seres libres, a veces desaparecen sin dejar rastro.

6 Desembre 2009 - Posted by | Relatos

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