X A R B E T

Yo soy yo, y comparto circunstancias

En algún pliegue del cuerpo. (El club de los jueves)

22 Oct 2009


Escrito por: f-menorca el 22 Oct 2009 – URL Permanente

El tema de esta semana trata sobre “Gafes”. Mis compañeros del Club, me perdonarán, pero les he hecho la pirula y he cambiado el sexo de mi personaje en mi ultima corrección. El comprobar que los demás escritos tenían como protagonista a un hombre, me ha obligado a cambiar. Naturalmente es solo para igualar el cupo.

Soy gafe. Si, si, así de claro. No quiero ni debo esconderlo. Es más, el reconocimiento público de mi condición es lo que me ha traído el éxito.

Soy gafe y he conseguido, pese a ello, ser feliz.

Pero, no puedo ocultaros, que para llegar aquí, he seguido un camino muy difícil y sesgado, mi historia es dura y triste.

No sé en qué momento de mi infancia, me di cuenta que no era como los demás. Seguramente fue un proceso largo en el que poco a poco te vas convenciendo que eres por lo menos “especial”. Empezó por lo que me han contado, en el momento mismo de nacer, o en los minutos siguientes, cuando me presentaron a mi padre y hermanos.

Todos dijeron: “Que mona”. Podían haber dicho guapa, pero era evidente que de eso nada, y la palabra “mona”, es lo suficiente ambigua y explicita a la vez como para salir del paso.

La verdad es que siempre he sido fea de narices, pero esto no hubiera significado nada si además estuviera adornada por otras habilidades que resaltaran mi personalidad.

Era, desmañada, olvidadiza, desordenada, holgazana, antipática, tenia halitosis, y además, me echaba pedos con una naturalidad asombrosa. Para mas inri, nunca acertaba con el pedo adecuado, porque si te sueltas uno de oloroso en el campo, no pasa nada, y si el ruidoso se te escapa en el autobús escolar, tampoco, sobre todo si después de la sonoridad, miras enseguida hacia arriba en busca del fluorescente que ha explotado, pero podéis suponer que yo hacía siempre lo contrario, el que mas hedía era el del autobús, que por otra parte, tenía la ventaja que me daba holgura de espacio, y no sufría apretujones. ¿Por qué demonios, los sobones siempre se acercan a las feas?

Esta manera de ser, podéis suponer que condicionó mi infancia. Sufría el rechazo más o menos explicito de todos. Incluso mi madre, cuando me abrazaba, procuraba hacerlo por la espalda, por lo del aliento, y me miraba con una tristeza tan profunda que me indicaba muy claramente que sabía que lo que había parido era un saldo.

Todo lo que tocaba lo estropeaba, lo que no estropeaba se me caía, si me acercaba demasiado a alguien, le salían granos, era la reina del tropezón, de la magulladura, y especialista en provocar estallidos, destrozos y caídas.

Pero vamos a ver, no todo era malo, alguna virtud debería tener, y era que no era tonta. Me daba cuenta de todo lo que pasaba, y el aislamiento forzoso de mis hermanos y amigos, me daban mucho tiempo para pensar. Era evidente que no podía jugar al fútbol sin que peligrase algún cristal de una ventana a una pierna de un compañero. En el patio, nadie me quería, y en la clase, el último que se sentó a mi lado, tuvo paperas, por lo que me relegaron al final de todos en una silla individual.

Pero como os decía, el aislamiento y el darle vueltas al coco todo el día, te hace enfrentarte, al menos mentalmente a tu situación y puesto que no tienes nada que perder, buscas soluciones.

Un día, le dije al capitán del equipo de básquet si quería que en el partido del domingo, me fuera a sentar junto al banquillo del equipo contrario. Me dijo que si, mientras se iba apartando para que no me acercase mucho.

Ganaron de calle, y eso que el equipo contrario era mucho mejor, pero no tuvo su día. No encestaban ni lo fácil, se lesionaron dos, los árbitros los putearon, y hasta al entrenador le cogió un cólico nefrítico. Mientras tanto, yo de pié, muy digna, detrás del banquillo, imponía mi presencia y mi poder.

Aquello permitió dos cosas, por un lado saber que tenía un poder. Por otro, que también lo supieran mis compañeros.

Esto implicó respeto por primera vez en mi vida.

Hice una prueba y me salió bien. Llamé a una de mis compañeras, la más guapa de todas, que era también la más engreída y la que más se burlaba de mi, y le pedí que me trajera una cerveza.

-Que te crees tu que te voy a traer una cerveza.¡¡

-A ver si te va a salir un grano en alguna parte que yo sé.

La verdad es que no tenía ni idea de donde enviarle el grano, si sería más eficaz en el culo que en la cara, pero lo cierto es que a los pocos minutos tuve mi cervecita al lado.

Esto me dio poder. Si la chula del grupo había claudicado tan rápidamente, los demás no iban a poner pegas.

Y me convertí en una déspota y en una gorrona. De vez en cuando les hacia algún favor, como irme a apoyar en el coche del director del colegio, que por cierto ahora viene en autobús, o ponerme en la puerta del cine, el portero dejaba pasar a todos sin pagar mientras yo me quedase fuera. Son pequeños favores a cambio de que nadie me moleste y de que me ayuden en lo que pida.

Los profesores también lo han entendido, ahora apruebo siempre los exámenes, y hasta me sonríen al pasar.

Lo que decía, ahora soy gafe, convicta y confesa, pero soy feliz.

Solo tengo un problema, hace días que me estoy palpando el cuerpo sin resultado.

Me estoy buscando el interruptor, el que activa y desactiva mis poderes. He buscado por todos mis pliegues y recovecos, y los que he encontrado, no producen el efecto deseado.

Porque algún día tendré que casarme y formar una familia. ¿no?.

Otros relatos de mis compañeros con el mismo tema.

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6 Desembre 2009 - Posted by | Relatos

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