X A R B E T

Yo soy yo, y comparto circunstancias

VACACIONES EN TAILANDIA

Llevábamos ya dos días de vacaciones, y nos sentíamos felices, el país era precioso, clima suave, hermosas y bellísimas playas y calles llenas de jolgorio, comercios multicolores y vendedores dispuestos siempre al regateo y a la complicidad.

Pero el elegir Tailandia frente a mucho otros destinos tenia, para mí, un aliciente especial que no me atreví, en su día,  a sugerir a mi pareja pero que yo consideraba importante.

Nuestra vida sexual era, rutinaria, predecible y anodina.  El ver  y conocer sensaciones nuevas, era para mí un reto y una necesidad.  Lo ideal hubiera sido experimentarlas juntos, pero preferí dejar esto como asignatura pendiente, de momento, me conformaba con disfrutar yo de algo que me estaba siendo negado en mi vida conyugal.

El recepcionista del hotel, fue un hallazgo, entendió perfectamente lo que le pedía y se mostró totalmente dispuesto a colaborar, sobre todo después de hacer desaparecer con sigilo el billete de cincuenta euros que le enseñaba.

Organizamos el encuentro a las siete de la mañana, eran las horas que yo robaba al sueño y disfrutaba de libertad.

La sala de masajes estaba detrás de una puerta disimulada junto al jardín, hasta allí me acompañó el recepcionista, cerrando la puerta a mis espaldas.

Ella me esperaba en el centro de la estancia, y se acercó solicita para ayudar a desnudarme, pero le puse las manos en los hombros y no le permití hacerlo, preferí observarla de cerca, lenta y pausadamente.

Era pequeña, menuda, de piel clara y ojos enormes .  Llevaba un sari anudado a la cintura.  Me quedé observando aquellos pechos menudos, coronados por un pezón oscuro en el centro de una aureola que se difuminaba poco a poco a medida que se alejaba del centro.

Mi mirada descendió por un estomago plano que se curvaba a los lados para dar paso a unas caderas que se adivinaban  voluptuosas.  Una leve mirada a sus ojos, bastó para que entendiera mis deseos y dejara caer al suelo la única prenda que la cubría.  En aquel mismo momento me hubiera lanzado hasta ella, para abrazarla, besarla y lamer aquel cuerpo núbil y fresco, pero me contuve, no había que precipitar acontecimientos.

Sus caderas, contra lo que parecía con el sari, no eran muy anchas y su pubis, perfectamente enmarcado por las líneas de las ingles, estaba ligeramente abombado y marcando, en el vértice, un sexo lampiño, con los labios ligeramente abiertos.

No pude evitar acariciarla.  Lo hice suavemente, como temiendo romper el encanto. Pasé mi mano por sus senos, por su vientre duro y trémulo, rodee sus caderas,  y bajé hasta acariciar sus muslos.  Me agache y olí su sexo, pasé el dedo lentamente y lo noté caliente, y reprimí mis deseos de hurgar en aquella hendidura blanda y receptiva.

Ella, retomó la iniciativa y me desnudó, poco a poco y sonriendo.  Aquella sonrisa que no había cesado desde que había entrado en la habitación.

Hizo que me alargara en la cama y empezó a untar toda mi espalda con un ungüento  espeso cuyo olor  dulzón, me llegaba en oleadas al cerebro.  Luego, se puso frente a mí, para que la viera y fue lubricando poco a poco todo su cuerpo con un líquido incoloro y de un olor mucho más ácido y penetrante.

Palmo a palmo, sin dejar ningún rincón de su cuerpo,  fue aplicando la sustancia en una caricia infinita que me arrancaba suspiros de deseo.  Hubiera querido ser aquella mano y fundirme con aquel cuerpo que empezaba a brillar y emitir destellos de luz y color.

Luego se tendió sobre mí, piel contra piel,  irradiando calor y mezclando aromas.  Sus pechos se deslizaban sobre mi espalda, marcando surcos de placer mientras con pequeños mordiscos, convertía mis orejas en cajas de resonancia de voluptuosidad y deseo.

Sus manos y sus senos fueron moviéndose después a lo largo de mi cuerpo, en un ir y venir que me aletargaba e incitaba a la vez, como si estuviera acumulando sensaciones en una montaña de arena que iba creciendo por momentos.

Suspiré cuando al fin me puso mirando al cielo.  Un espejo, que no había visto, estaba situado en el techo, sobre la cama   Aquella visión me desconcertó totalmente, era  inesperada y además inusual.  Nunca había podido contemplar mi cuerpo de esta manera. Incitaba el deseo en mí, como si me estuviera masturbando.

Pero ella seguía a mi lado, sus pechos empezaron a moverse sobre mi cara, y mi lengua no daba abasto intentar alcanzarlos. Al final, me quedé inmóvil, dejando que ojos, nariz, frente, mejillas, boca, disfrutaran de aquellos masajes que transmitían fuego.

Luego se puso a la cabecera de la cama y me besó.  Era un beso al revés, su nariz quedaba sobre mi barbilla en la que notaba su cálido aliento.  Nuestros labios se fundieron, cual ventosas, dejando que su lengua explorara la mía y ahogara unos gemidos que no era capaz de contener.  Fue un beso que me llenó mi boca de ansia, con ganas de seguir lamiendo.

Como adivinando mis deseos, gateó sobre mí, hasta poner su sexo sobre mi cara y situar sus labios en cruz sobre los míos.  Fueron momentos ávidos y enardecedores, era una unión completa y feliz que hizo que por unos momentos me olvidara del resto de mi cuerpo. Solo existía un sexo y una boca que se transmitían amor, olor y fuego.

Hubiera seguido así hasta el infinito si no hubiera sido porque de pronto, su boca contactó con mi sexo. De alguna manera era lo que estaba esperando desde hacia tiempo, Un arco eléctrico nos unió, en un un circulo  continuo  de placer.  El monstruo de las dos espaldas, se agitaba como un solo ser, y fue aumentado, creciendo, agigantándose, a la vez que se contraía intentando prolongar el placer y retrasar el orgasmo.

Mis manos se aferraron a aquel trasero que estaba sobre mí, a la vez que mis caderas se arqueaban como queriendo unirmos mas y mas fuerte.

El orgasmo, avisó tres veces. En las dos primeras, fui capaz de tirar de las riendas intentado parar al caballo galopante, a la tercera, dejé que se desbocara salvaje por los campos de flores del amor. Caballo, grupa, sexo, boca, manos, explotaron libres en una inmensa meseta llena de lucecitas de colores.

Mi cuerpo, gritó gimió, y lloró, como si fuera otro. Mi mente, observaba desde el espejo aquellas convulsiones locas y libres.

La masajista, siguió acariciándome, como recogiendo de nuevo las migajas de placer y amontonándolas sobre mi ombligo, hasta conseguir relajar de nuevo aquel cuerpo convulso y ahitó de dulzura y de sexo.

Se me escapo una carcajada, recuperada ya la conciencia, pensando en mi marido, durmiendo como un bendito en su cama.

27 Octubre 2009 - Posted by | Relatos

5 comentaris »

  1. Uf…

    Comentari per Nire | 28 Octubre 2009 | Resposta

    • No lo he publicado en la comunidad porque es para Agueda Conesa y su periplo sexual de Phileas Fogg. Lo publicará ella en su serie.

      Comentari per xarbet | 28 Octubre 2009 | Resposta

      • Pues me he puesto cachondo. Es cojonudo.

        Comentari per Nire | 28 Octubre 2009

  2. Mejor asi, el uff era tan ambiguo…

    Comentari per xarbet | 28 Octubre 2009 | Resposta

  3. magistral.

    Comentari per julio navarro | 29 Octubre 2009 | Resposta


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