X A R B E T

Yo soy yo, y comparto circunstancias

EL ESCRITOR (El Club de los Jueves)

30 Jul 2009


Escrito por: f-menorca el 30 Jul 2009 – URL Permanente

La cocina era la habitación mas acogedora de la casa, y se había convertido en el lugar en donde se desarrollaba la mayor parte de la actividad humana. Allí, sobre la mesa que había en el centro, había situado Eufrasio la vetusta máquina de escribir y allí se pasaba horas y horas intentando pasar de su cabeza al papel el que sería el libro que le daría fama y reconocimiento mundial.

Habían pasado ya cuarenta años desde el día en que dijo a su madre que quería ser escritor.

Ella le dijo que sí, que muy bien, pero que se fuera a acostar porque era ya tarde.

A la mañana siguiente se negó en redondo a ir al instituto. En vano intentaron convencerle. Se levantó tarde, desayunó y situó su máquina de escribir encima de la mesa de la cocina.

Miles de folios mecanografiados a doble espacio por una cara, habían sido escritos desde entonces, diez libros terminados estaban cuidadosamente apilados en cajas de cartón. Muchos más, a medio escribir, también cubrían parte de la alacena.

Con paciencia digna de mejor suerte, enviaba originales a todos los concursos, e iba visitando editores. La fortuna no le había sonreído hasta el momento.

Su vida era tranquila y rutinaria, se levantaba a las ocho, iba a por el pan y el periódico, y desayunaba mientras leía las noticias del día.

Luego se ponía a escribir. Era su mejor hora, la más fructífera. Las teclas iban repicando con su letanía cadenciosa. En verano, le acompañaba el zumbido del ventilador. En invierno la leve rumorosidad del quemador de la estufa de butano.

A las doce, colocaba a su madre en la silla de ruedas, la peinaba cuidadosamente, la perfumaba y le ponía un poco de colorete en las mejillas. Luego la metía en el ascensor, y la llevaba a su habitual paseo diario.

Pasaban por delante del kiosquero, de la frutería, del zapatero remendón, y también frente al ventanal de la sucursal de La Caixa, donde tenían la libreta de ahorros. Una vez por semana entraban a retirar los ciento cincuenta euros que necesitaban para sus gastos.

Dedicaba las tardes a visitar la biblioteca del barrio. Allí, buscaba información, se documentaba y también se llevaba algún libro para leer.

Después de acaba la lectura del último éxito editorial, siempre acostumbraba a maldecir en voz baja. Aquel libro no era mejor que los suyos, la única diferencia era que había encontrado un patrocinador.

Una vez a la semana, visitaba a su novia. De hecho la palabra novia, quedaba un poco ridícula porque los dos pasaban de los cincuenta, pero era la realidad. Llevaban más de treinta años de noviazgo y ella al fin había asumido como inevitable que Eufrasio no iba a dejar a su madre sola y que tampoco iban a compartir con ella la vida. Por lo tanto, no se podrían casar hasta que se muriera su suegra.

Durante estos años, esto había sido su principal motivo de discusión, muchas veces habían roto, y otras tantas habían vuelto a reconciliarse, porque al fin y al cabo, ninguno de los dos tenia a nadie más a quién agarrarse.

Pero un día, cansada de esperar y de estar sola, hizo lo que siempre le habían prohibido hacer, y era presentarse en su casa.

Fue como un flash, una decisión súbita. Tenía vacaciones en la oficina, y aquella mañana, sus pasos la llevaron a la Calle Comercio número siete, donde su novio tecleaba con incombustible tesón en la cocina de su casa.

De hecho ella, ni siquiera conocía a su suegra, y quería intentar convencerla de que podían vivir los tres juntos.

La sorpresa fue mayúscula cuando Eufrasio abrió la puerta. Hizo un amago de no dejarla entrar, pero ella se puso terca y empujó la puerta con decisión.

Algo debió ver en sus ojos y en su expresión que le hizo preguntar:

-¿Dónde está tu madre?

El se quedó de pié, silencioso, mirándola, sin atreverse a decir nada, como un niño avergonzado pillado en falta.

Ante su pasividad, empezó a buscar por toda la casa. En una de las habitaciones, un lienzo blanco tapaba lo que parecía una persona sentada.

Su novio, inmóvil en la puerta de la habitación, seguía sin abrir la boca. Antes de levantar la sábana, ya sabía que debajo había una anciana sentada en una silla, con la piel brillante y los ojos sin expresión ni luz alguna.

Salió de la casa corriendo como alma que lleva el diablo. Solo al llegar a la calle, se paró con los puños cerrados y las piernas separadas y lanzó un grito tremendo de rabia, de dolor y de odio.

Algunas semanas después, volvió a oírse el sonido cadencioso de la máquina de escribir.

El escritor continuaba su tarea de llenar poco a poco cientos de folios a máquina, a doble espacio y por una cara. De hecho su vida no había cambiado mucho después de que su novia descubriera a su madre embalsamada.

Allí le daban techo y le hacían la comida. Desde la celda de la cárcel, podía seguir escribiendo.

10 Agost 2009 - Posted by | Relatos

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