X A R B E T

Yo soy yo, y comparto circunstancias

SOLO DOS PUERTAS El Club de los Jueves.

Algunos olían a sudor. Otros a perfume barato, otros a lejía, a coles, a madera podrida, incluso había uno que olía a muerto.

Subir en aquel ascensor, era para Eustaquio, una pesadilla. No sabía a dónde mirar cuando lo compartía con alguien, y tenía la impresión de que los demás, lo observaban fijamente. Ponía la cabeza gacha y esperaba con ansia el final del trayecto. A veces, incluso tenía que soportar algún codazo cuando algún insensato se metía dentro a pesar de que ya eran cuatro.

Era un edificio antiguo, de los de antes, con entrada, vivienda para el portero, amplio vestíbulo y vetusto ascensor con su puerta de hierro forjado y su antiguo mecanismo de contrapeso que hacía años que subía y bajaba con sus acostumbrados chirridos, ayes, renuncios y toses, pero que cumplía honestamente su función.

Había cuatro viviendas por planta, y con seis alturas y un ático, albergaba a veinte y seis familias de las de ahora, no de las de antes.

Era mucho para nuestro ascensor, con sus casi cinco plazas y su renqueante y lento deambular sobre sus guías. Por eso, se formaban a veces algunas colas y esperas para cogerlo.

Eustaquio era el propietario del quinto C. Viudo, sin hijos, viejo, y poco sociable, era de los que odiaban mas las esperas y acogían con peor humor el tener que compartir espacio en el ascensor.

En todas las reuniones de vecinos, solicitaba que se habilitara otro, ya que había suficiente hueco de escalera para cuatro. En todas, los vecinos votaban en contra ya que nadie quería asumir el gasto.

Pero en la última reunión, había conseguido que le autorizaran a poner uno exclusivo para él, tenía que asumir todos los gastos, y además a comprometerse que a su fallecimiento pasara a propiedad de la comunidad.

El Banco le concedió el préstamo, y una vez con la autorización debidamente firmada, empezó los trámites para la instalación de su propio ascensor.

Fue más difícil de lo que parecía, además del permiso de la comunidad, tuvo que solicitar el del ayuntamiento, y el de industria, que con sus correspondientes instancias, peritajes y demoras, prolongaron más de lo deseable la instalación.

Un problema añadido, fue la exigencia del vecino del segundo, que le había advertido que como le molestara lo más mínimo el nuevo aparato lo iba a denunciar. Era una situación un poco estrambótica, porque hacer más ruido, que el propio del edificio era difícil, pero la advertencia iba en serio y tuvo que pedir a la empresa constructora que la caja del ascensor estuviera formada por paneles acústicos, y que su funcionamiento fuera lo más silencioso. Esto añadió varios miles de euros más al proyecto.

Pero Eustaquio estaba contento, el tener un ascensor solo para él, sin tener que soportar esperas ni compañías, era un lujo inmenso. Era como tener un cordón umbilical nuevo que le unía con la calle, a través del cual poder transitar a su antojo y sin dar cuenta a nadie. A partir de ahora ya no tendría pereza de salir a la calle. Podría hacerlo las veces que quisiera y con toda comodidad, y mucho más importante, con intimidad.

Durante tres semanas, los obreros estuvieron efectuando la instalación. El encargado de la empresa instaladora estaba un poco sorprendido.

¿Solo dos puertas?

– Si, desde luego, una abajo y otra en el quinto.

-¿Y no dejamos prevista ninguna más?

-No por supuesto que no.

-¿Y la cerradura? ¿Está seguro que tiene que llevar llave?

El nuevo ascensor era precioso, era de funcionamiento hidráulico, nada de poleas, ni contrapesos, suave y silencioso. Su aceleración era progresiva, y cuando llegaba a su planta, se iba parando poco a poco hasta alcanzar el nivel adecuado, luego se abrían las correderas y se encontraba frente a la puerta de su piso.

En su interior no había querido espejo, en su lugar había puesto una foto ampliada que tenia de su santa esposa, y una imagen de la virgen de los dolores múltiples para que le protegiera.

Puso incluso una butaquita estilo Luis XVI y un cenicero de pié. El no fumaba, por supuesto, pero el cenicero le daba al recinto un toque de transgresión que le gustaba. Encontró una mesita pequeña que hacia juego con la butaquita, y un viejo perchero de pié. Pensó que podría dejar la chaqueta en el ascensor, como era solo suyo…

El último detalle fue cambiar el aplique de techo por una lámpara de araña colgante. Solo dejó sin poner el hilo musical, porque la factura había subido mucho y lo que le pidieron por los altavoces empotrados y la consola de mandos era demasiado, pero lo dejó para más adelante. Incluso le dijeron que podía poner un televisor de catorce pulgadas.

El viernes por la tarde estuvo la instalación lista, y le entregaron la combinación de apertura. Al final, se había dejado convencer, y por mil euros más le habían instalado una botonera con una combinación numérica para entrar y salir, así no tendría que usar llave, y podría dar el numero en caso de tener alguna visita.

La combinación de fábrica de la puerta eran seis ceros, y lo primero que hizo el sábado por la mañana fue instrucciones en mano, cambiarla por el numero que había estado pensando durante buena parte de la noche. Era una combinación entre su año de nacimiento y el de su santa esposa.

Se hizo un lio con el teclado y después de dos horas, tuvo que aceptar que se había equivocado y que ni con los ceros ni con su número podía abrir la puerta. Tardó dos horas más en poder comunicar con el instalador, y este a su vez, tardó dos más en venir a arreglar el entuerto.

Muy a su pesar, le tuvo que dar el número para que se lo programase, el operario le aseguró que no lo apuntaría y que lo olvidaría en seguida. Cuando se marchó por fin, eran ya las cuatro de la tarde, y aún no había comido, pese a eso, quiso hacer su viaje inaugural.

Se puso su mejor traje, y su perfume favorito. Pensó que tenía que empezar a ambientar el recinto, y se dirigió muy ufano a la puerta de entrada, salió al rellano, tecleó la combinación, se abrió la puerta, entró en el ascensor y pulsó la tecla cero. No había conseguido que le pusieran solo dos botones, tenía que estar preparado para usarse en cada planta y allí estaban desde el cero hasta el sexto.

El ascensor, emprendió lentamente la bajada siseando, pero de pronto, con un chasquido se paró bruscamente. La araña del techo, aprovechó la coyuntura para desprenderse de su sujeción y aterrizó sobre la cabeza de Eustaquio que reculando se sentó en el silloncito, una de cuyas patas decidió romperse, llevando la lámpara, butaca y propietario al suelo, allí quedaron acompañando a la virgen y la foto de su esposa que por su cuenta también habían decidido caerse. La mesita se había tumbado y el perchero, inclinado estaba apoyado en una de las paredes.

La oscuridad, apenas estaba paliada por una lucecita sobre un botón que ponía: emergencia.

El ascensor, después de la brusca parada, siguió bajando muy lentamente hasta pararse a los pocos metros. La puerta se abrió automáticamente, pero enfrente, solo un tabique cerrado sin puerta. El mecanismo de seguridad, había bajado el cubículo hasta la planta más cercana y había abierto la puerta.

Levantándose con dificultad, pulsó primero el botón que ponía cero, luego el cinco, luego todos los demás, y como el insistir pulsando tampoco produjo ningún movimiento, se decidió por el rojo, el que ponía emergencia.

Se oyó entonces un leve zumbido, con leves intermitencias. Siguió sonando durante treinta minutos.

Sábado por la tarde, agosto, Madrid, combinación fatal.

El ascensor estaba muy bien construido, paneles acústicos, insonorizados. -Acero galvanizado epoxi dos caras, le habían dicho-. Protección contra golpes y rozaduras. No le habían dicho que también tenía protección contra patadas, pero la tenia, claro que la tenia.

En vano se esforzó en gritar, golpear, gemir, pulsar y pulsar los malditos botones. Todo rebotaba hacia adentro era como golpear una pared.

En una película había visto que los ascensores tenían una trampilla arriba en el techo, y con las tres patas de la butaquita y la ayuda del marco de la foto de su esposa que tenia la altura justa, se pudo encaramar, poniendo la mesita sobre la butaca y abrir la escotilla. Con mucho esfuerzo de brazos, pataleando y contorsionándose, se colocó sobre el ascensor.

La vista que tuvo una vez situado encima del techo de la cabina era para llorar. Un enorme tubo cuadrado de paneles epoxi-dos caras-lacado blanco con espuma de poliuretano inyectado, insonorizado e ignífugo se elevaba sobre su cabeza.

¿Solo dos puertas? Le había preguntado el encargado.

Treinta días después, los operarios que hacían la revisión de mantenimiento, encontraron un ascensor amueblado, no faltaba ni el muerto.

3 Mai 2009 - Posted by | Sociedad |

1 comentari »

  1. Aquest relat no el coneixia.

    Magnífic.

    Una forta abraçada

    Comentari per julio navarro | 4 Mai 2009 | Resposta


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