X A R B E T

Yo soy yo, y comparto circunstancias

RUMBO A LA NOCHE (Club de los Jueves)

Era domingo por la noche, cuando Ceferino dijo a su mujer que iba a comprar tabaco. La cosa no tendría más importancia, si no fuera por el hecho de que el no había fumado en su vida.

Si la relación con su esposa hubiera sido normal, ella, se habría extrañado y le hubiera preguntado acerca de los motivos reales de su salida, pero se limitó a encogerse de hombros.

Si el fin de semana hubiera sido más corto, quizá no habría sentido de repente la necesidad imperiosa de irse.

Si no hubiera estado lloviendo sábado y domingo, quizá habrían salido al cine o al teatro.

Pero su relación matrimonial era la que era, y los fines de semana, a veces eran lluviosos, y dos días seguidos en una casa con alguien que te ignora, pueden ser eternos.

Cerró la puerta del piso a sus espaldas, y se paró un momento, disfrutando de aquella puerta cerrada que presentía no iba a abrir nunca más. Era para él cómo estar en el umbral de otro mundo y de otra vida, como si estuviera a punto de dar el paso que le llevaba al cambio total en su devenir diario.

Bajó, peldaño a peldaño la escalera, como disfrutando cada paso, ceremoniosamente, con la seguridad del que sabe que se va.

Su coche estaba aparcado en la misma calle, un poco más arriba, debajo de una farola. Era un Mercedes azul marino matricula de Tenerife, viejo y gastado. Se paró unos metros antes de llegar a su altura, la luz amarillenta se relejaba en el asfalto, y la soledad del domingo por la noche embargaba todo el entorno.

Los intermitentes centellearon al accionar el mando a distancia, era su saludo, su guiño, su manera de darle la bienvenida. Abrió la puerta trasera y dejó la americana. Luego abrió el maletero. La sombrilla de playa, una toalla, los zapatos de deporte de su mujer, una bolsa con cremas y potingues, todo lo fue depositando con cuidado en el suelo. Luego cerró el maletero y se situó tras el volante.

El coche inició el diálogo con su ronroneo sordo y salió despacito hacia delante, dejando tras sí, una sombrilla, una toalla, unas cremas, una casa, una esposa, una calle, un barrio, una ciudad.

Atravesó calles vacías, solo de vez en cuando un coche se cruzaba en su camino, las farolas y los neones eran los únicos atisbos de vida, y poco a poco, los arrabales fueron anunciando la salida a la carretera.

Allí todo era oscuro, solo los faros del coche rompían el negro y se hundían en el futuro. La carretera, poco a poco se fue estrechando, solo la raya amarilla que dividía los dos carriles le indicaba la dirección a seguir.

Unos nubarrones grises destacaban sobre el cielo negro. Los árboles custodiaban su trayecto.

Llegaban curvas cerradas, en cada una de las cuales vislumbraba figuras sentadas observando el camino.

Vio a sus amigos del colegio que le saludaban riendo. A su primera novia, vestida de blanco. ¿Qué habría sido de ella?. A sus amigos, a sus compañeros de oficina, todos miraban su paso veloz y silencioso.

Pensó en sus hijos, a los que nunca veía, en unos nietos que no le llamaban abuelo.

Su mujer los iba a ver entre semana, mientras él estaba en la oficina, mientras hacia horas extras.

Pensó en tantas y tantas horas de trabajo, tanto pluriempleo para tenerlo todo, y que le había traído al fin a no tener a nadie.

Mientras él trabajaba, su mujer vivía con sus hijos. Y cuanto más lo hacía, mas cosas conseguía y más distancia entre él y su familia ponía.

El día que nació su primer nieto, en el hospital, al intentar cogerlo de la cuna, su mujer se lo impidió. ¡A ver si se te va a caer¡- le dijo-. ¡Tú no sabes de estas cosas¡

Y reconoció que era así, que nunca había cambiado un pañal, nunca acunado un bebé. Que él no servía para tener una familia, solo para trabajar por ella.

La radio del coche, se puso en marcha, sin estar seguro de haber apretado el botón, la voz rota de Antonio Machín, cantaba a los angelitos negros. Por eso no los veía, pensaba, porque no se vislumbraban con la oscuridad de la noche, quedaban difuminados como en el teatro negro, pero estaban allí, él los sentía.

Los angelitos negros le comprendían, ellos se dejarían acunar y abrazar, y vivían allí, en un lugar de la noche. Y quiso alcanzarlos, y fue acelerando, acelerando, deseando tenerlos cada vez más cerca.

En la última curva, se encontró, sentada en la cuneta, a la muerte, tampoco la vio, también iba totalmente vestida de negro.

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3 Mai 2009 - Posted by | Sociedad |

1 comentari »

  1. Buscando una foto para un entrada que acabo de publicar he llegado hasta aquí. Me he detenido un momento a leer, y por un momento he sido yo el que manejaba el coche, el que dejaba el pasado en el arcén mientras me dirigía a toda velocidad hacia un futuro que, sin saber como, yo había empezado a trazar mucho antes de que me diera cuenta.
    Una bonita historia.
    Un saludo :).

    Comentari per Lo que mis ojos ven... | 27 febrer 2012 | Resposta


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