X A R B E T

Yo soy yo, y comparto circunstancias

L’AMO EN XEC DE BINIXARBET

L’amo en Xec de Binixarbet, había sido toda su vida un hombre del campo. En el sistema agrario menorquín, l’amo, era el payes que llevaba la finca propiedad del senyor, y la explotación era a medias. Vivía con su mujer, madona, en ses cases del lloc, en la planta baja, reservando la parte superior para el propietario, el cual, rara vez lo utilizaba, salvo algún mes en vacaciones.

Toda su vida había vivido de la tierra. Las vacas, algunas ovejas, el gallinero, el cerdo, y los campos, eran sus fuentes de ingresos, los cuales se repartían con el propietario, una vez separado lo que era consumo propio y del senyor .

Durante muchos años, el lloc de Binixarbet, había sido un predio próspero, tres missatges, y a veces hasta cuatro, estaban a sus órdenes para arar los campos y ordeñar las vacas. Las paredes de ses tanques estaban siempre cuidadas y sin enderrosalls. Las casas , debidamente encaladas, y en la formatgeria muchas fogasses de queso, se iban curando.

Sólo habían tenido una hija, y hacia ya mucho tiempo que se había ido a vivir a Madrid con su marido. Cada año venia por vacaciones a pasar unas semanas con sus hijos.

En estas visitas era cuando l’amo, se sentía un poco desorientado, al ver que sus nietos, tenían miedo a los perros, se asustaban del cerdo, y ni siquiera querían montar a “Vessut”, el magnífico caballo de fiesta que sólo salía en las Colcades de Maó y Sant Lluís. Se preguntaba en que se entretenían los niños hoy en día, ya que los veía ociosos y aburridos. Preguntaban por que aún no habia tele en el lloc.

Había incluso intentado llevarse a Jordi, su nieto mayor, a pescar salpas con el rai, pero no había sabido estarse quieto en cuclillas, a esperar que los peces, subieran sobre la barbada a alimentarse de hierbas marinas. Su inquietud el urgía a que tirase cuanto antes la red, y no pescaron ni una.

Pasaron los años, y llegó un momento en que ya no pudo ocuparse del predio. El senyor, intentó buscar otro payes, pero nadie quería ocupar el lugar, y quitaron los animales, y dejaron de sembrar los campos, solo unas gallinas y unos conejos, seguían dando un poco de vida al lugar. El propietario no se atrevió a decirle que abandonase las casas, pero cuando murió madona, l’amo en Xec, se encontró sumido en un profundo dolor y un inmenso vacío. Se encontró además que no sabía cuidar de una casa ni de sí mismo.

Su hija, decidió llevárselo a Madrid, cuando Xec, que ya no era l’amo, triste y abatido, empezaba a mirar con demasiada insistencia la cuerda del pozo y la enorme higuera que había frente a ses cases.

El viaje, fue para Xec, que no había salido nunca de la isla, una auténtica aventura. A menudo, mientras estaba en el campo, trabajando con la azada, veía a los aviones acercarse desde un punto lejano del cielo, hasta que le pasaban por encima con su panza plateada. Eran momentos en los que el puntito negro del suelo que había visto acercarse al puntito negro del cielo, se quitaba el sombrero de paja, se pasaba la manga por la frente sudada, y liaba lentamente un cigarrillo. Pensaba después de las primeras caladas en aquella bestia que acababa de pasar y en quienes deberían ser los que iban dentro.

Subió al avión sin decir nada, desde el autobús que lo llevaba hasta la nave, no parecía ni tan grande ni tan fiero. El que su hija estuviera a su lado lo tranquilizaba, pero cuando el avión empezó a volar, y por la ventanilla, vio las tanques verdes y marrones, perfectamente parcelados con pared seca, pasar bajo su vista a velocidad de vértigo, se sintió como mareado, e incluso le pareció ver a un payes, en medio de un campo, como un puntito negro que se quitaba el sombrero y se secaba la frente con la manga.

Luego, solo vio nubes y, algún trozo de mar de vez en cuando, y al cabo de un tiempo, tierras inmensas, sin ninguna pared que las delimitara y enormes montañas que se encadenaban una a otras y que parecían no tener fin.

Durante los últimos cinco años, ya jubilado, y sin demasiadas obligaciones, había pasado muchas horas frente al televisor. Por eso, desde el taxi en el que atravesaban Madrid, no se sorprendió ni de los edificios, ni del tránsito, ni de la gente. Lo tenía ya muy visto en multitud de películas y reportajes.

Más extraño le resultó la pequeñez del piso donde iba a vivir a partir de ahora. Pero decidió hacer lo posible para acostumbrarse, no quería ser una molestia para sus hijos, y sabía que tenía que hacer un esfuerzo de adaptación.

Pero al día siguiente, por la mañana, después de que todos se fueran al colegio o al trabajo, se sintió agobiado en aquel piso, y decidió salir a la calle a pasear.

El encuentro con la calle, fue tremendo, intentaba saludar a la gente con la que se cruzaba, pero nadie respondía a su saludo, algunos le miraban sorprendidos, otros ni siquiera levantaban la vista. Se asustó al ver las miradas vacías y sin dirección de los transeúntes. No entendía que todos tuvieran o aparentaran prisa

Tuvo que pararse apoyado en una farola, para evitar que lo empujaran, y estuvo durante un rato, contemplando la vorágine humana que corría apresurada. Le pareció por un momento que veía un gallinero con las gallinas huyendo del acoso del gallo. Pero por allí no había nadie que persiguiera a nadie, sino que parecía que huían de si mismos, y deambulaban sin ton ni son.

Luego, lentamente siguió su paseo, intentando no ser absorbido por la corriente humana, estuvo recordando la escena de la mañana, cuando sus hijos y sus nietos, organizaron una autentica escena de prisas y pánico para conseguir vestirse, arreglarse, desayunar y salir corriendo para no llegar tarde a clase o al trabajo.

Y sin darse cuenta, su paso cansino fue aumentando su ritmo, y se dio cuenta que se estaba integrando en la gente que le envolvía, y pensó que era su destino y que se tenía que acostumbrar a su nueva vida

Si hubiera podido hablar con su hija después de que aquel coche le atropellase violentamente, le hubiera dicho que no lo había hecho a propósito, que no era como cuando miraba la higuera y la cuerda del pozo, que simplemente había intentando andar sin mirar, como hacían los demás.

Y, desde el suelo, en medio de un charco de sangre, sabiendo que su herida era mortal, pensó que tampoco le había importado demasiado ver el coche que se precipitaba sobre él.

En su agonía, se acordó de aquella vez que cayó desde lo alto de la higuera sobre la pared que la rodeaba provocando un enderrosall que lo envolvió de piedras, aquel día también se sintió morir, y ahora, pensando que estaba allí, debajo de la higuera, rodeado de las centenarias piedras de las paredes de sus tanques, esbozó una sonrisa.

Confieso que me ha costado intentar describir en castellano la vida de un payés en Menorca, La primera intencion era escribirlo en catalán e incluir una traduccion, pero al final, simplemente he incluido algunos términos nuestros que no podia de ninguna manera traducir. Incluyo un pequeño glosario para los que no las entiendan.

Glosario de términos

L’amo, es el explotador del predio, contratado por el propietario para que las cultive y cuide los animales, el contrato era a medias, repartiendose las ganancias.

Madona es la mujer de l’amo, tenia mucha importancia, era la que administraba la casa, y ayudaba en las tareas del campo, sobre todo en la confeccion del queso.
Una fogassa es una pieza de queso, prensado con telas, a punto de ponerlo en salmuera.
Un missatge era un mozo contratado por l’amo para ayudarle en las labores del campo, algunos eran “missatges de tot l’any” y otros eran “llogats” por meses.

Enderrosall es cuando una pared seca, tipica de menorca se desmorona, a veces solo una piedra que cae, provoca la caida de muchas otras, esto es un enderrosall.
Ses Cases, es el conjunto de edificaciones del lloc, donde viven las personas y con dependencias tambien para los animales, como los bouers (boyeras) y cuadras.
Sa formatgeria era un recinto de ses cases donde se cuajaba la leche para producir queso.
Es rai, es una red circular con plomos en todo su perimetro y con una cuerda en el centro, que se lanzaba describiendo un circulo y atrapando a los peces que estaban en la orilla a poca profundidad.
Sa Barbada. Es una zona de la costa de poca profundidad, algo asi como un palmo, recubierta de “barbas”, es decir, hierbas marinas. Algunos peces, como las salpas, van a comer alli, momento en que se aprovecha para tirar el rai.

Algunas higueras, y otros árboles, para evitar que los animales se comieran las ramas, se rodeaban con una pared seca, asi se aprovechaba el exceso de piedras de nuestra isla.

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3 Mai 2009 - Posted by | Relatos |

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