X A R B E T

Yo soy yo, y comparto circunstancias

LA BELLA DURMIENTE DEL BOSQUE (El Club de los Jueves)

Aquel día Ceferino, estaba de mal humor, y como hacia siempre que las cosas no le iban tal y como quería, se puso su traje de ciclista, cogió su bicicleta y se fue a pedalear.


Era una persona meticulosa, y se vistió con su traje completo de ciclista, maillot amarillo con anagramas rojos de su club, culotte negro hasta media pierna, borceguíes reglamentarios, gafas de sol panorámicas, y el inevitable casco tipo spiderman, que le daba un cierto aire surrealista.

Le gustaba pedalear, a caballo de su bicicleta se sentía como un caballero medieval a lomos de su corcel, trotando a través de los tiempos en busca de aventuras y lances amorosos, su bicicleta era su fiel acompañante que no le fallaba nunca y con la que estaba unido e identificado.

El problema era que su imagen y prestancia, cambiaban cuando bajaba de su bicicleta. Su figura altiva y veloz, era sustituida al descabalgar por un cuerpo delgaducho y bajito con hombros anchos y culo estrecho, sostenido por unas piernas peladas y nervudas.

Al cabo de bastante tiempo de pedalear, cansado y sudoroso, bajó de la bicicleta para descansar junto a un árbol muy frondoso. Le llamó la atención un pajarito que iba volando a su alrededor, como si quisiera llamar su atención. De vez en cuando se posaba en una rama cercana y piaba constantemente. Se levantó de su asiento para acercarse al animalillo, el cual, al verle acercarse, voló a una rama un poco más allá, y siguió piando, como indicándole que lo siguiera. Así lo hizo, y durante un tiempo, de rama en rama, Ceferino se fue adentrando en el bosque.

El pajarito le llevó por fin hasta una mata muy tupida y cerrada, en la cual, había un pequeño túnel, por el que se adentró el animal. No dudó nuestro caballero ciclista en adentrarse en la espesura aunque tuviera que ponerse a cuatro patas.

La pared de maleza era gruesa y desembocaba de repente en un claro totalmente cubierto por las ramas en cuyo centro había un enorme castillo.

El puente levadizo estaba bajando, y los centinelas estaban tumbados en el suelo, dormidos. Al principio pensó que estaban muertos, pero no, respiraban y tenían una apariencia de paz y sosiego.

Se fue adentrando en las dependencias del castillo, y comprobó que todos los moradores estaban igual que los centinelas, como si el sueño les hubiera sorprendido de repente y habían quedado en sus sitio, inmóviles, a punto de reanudar su vida en cualquier momento. Por las vestimentas de la gente, se dio cuenta de que eran de una época muy anterior a la actual, posiblemente cientos de años, pero no se veía polvo ni suciedad, ni señas de abandono, todo seguía pulcro y en su sitio, como en un cuadro.

Poco a poco, fue revisando todas las estancias, hasta que llegó hasta el dormitorio principal, donde reposaba en el lecho una princesa hermosísima. Era blanca como la leche, y tenía el pelo como el oro, su vestido azul cubría el cuerpo más perfecto que se pudiera imaginar, solo en uno de sus dedos, un hilito de sangre, indicaba que se había herido. En el suelo un huso, indicaba el objeto con que se había pinchado.

Se acercó cautelosamente hacia la princesa, y recordando un cuento que su madre le leía de pequeño, acercó sus labios a los suyos y depositó en ellos un casto beso.

De pronto, todo el castillo empezó a cobrar vida , las damas de la corte, los centinelas, las criadas, los lacayos, todos despertaron de su letargo, a la vez que la princesa, se incorporaba de su lecho con una mano en la cabeza intentando salir de su largo sopor. Se acercó el dolorido dedo a los labios, enjuagando la sangre, y abrió los ojos para ver al príncipe que la había salvado.

Ceferino, que era pequeñito, delgado , con su culotte,las rodillas huesudas, el casco y su maillot sudado, no debería ser justamente lo que esperaba ver la princesa, incluso puede que lo confundiera con un escarabajo, porque dio un tremendo alarido, y se desmayo cayendo de nuevo sobre la cama.

Junto a ella, como en un castillo de naipes, todos los habitantes del castillo cayeron de nuevo en un profundo sopor.

En vano intentó nuestro esforzado ciclista en zarandear, mover o besar a la princesa, estaba como muerta, y asustado, salió corriendo del castillo, saliendo del claro oculto del bosque y volvió pedaleando al galope tendido, como un poseso a su casa.

Todavía hoy duda si volver o no al claro del bosque, de momento, lo que ha hecho ha sido quitar todos los espejos de su casa, por si acaso.

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3 Mai 2009 - Posted by | Relatos |

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