X A R B E T

Yo soy yo, y comparto circunstancias

CLODOMIRO FERNANDEZ (El Club de los Jueves)

Cuando se murió el vecino que ocupaba el primero primera, aquella puerta del rellano, situada enfrente de la suya, empezó a cobrar vida. De estar siempre cerrada, empezó a tener movimiento constante. Al parecer, el piso, lo había alquilado la propietaria del bar de alterne de la esquina, y lo usaban como punto de cita y de encuentro.

El movimiento empezaba a partir de las diez de la noche, y él, se levantaba y se ponía a fisgar detrás de la mirilla de la puerta. Normalmente primero subía ella, y a pocos pasos el cliente, llamaban a la puerta y esperaban un rato hasta que les abrían y entraban los dos. Al cabo de unos quince minutos, se veía la salida del cliente, con paso apresurado, y poco después, la prostituta, con el mismo paso tranquilo con el que había entrado.

Situarse detrás de la puerta al oír la puerta de la calle que se abría, fue pronto una costumbre. Desde que se había muerto su madre, se encontraba muy solo y aburrido, pero no estaba obligado a usar el aparato antimastubador. con el que habia estado durmiendo desde los doce años.

Aquello le producía una especial sensación de libertad, por eso se acostaba a a las ocho, después de cenar, sabiendo que tendría un par de horas de sueño antes de empezar su jornada de vigilante mirillero.

Su madre siempre le había advertido de las pelanduscas que iban por ahí, propagando enfermedades mortales que hacían que la carne se fuera cayendo a pedazos, y él siempre se habia sentido muy cohibido delante de las mujeres. De hecho, prefería mirarlas de lejos, observarlas, pensando en que quizás algún día encontraría a su compañera perfecta.

Ver subir a las chicas, con sus faldas cortas, y sus escotes generosos le producía especial excitación, su mano y su imaginación ponían el resto, y en aquellos momentos, se admitía paja como animal de compañía.

Si alguien lo hubiera podido ver a él, tal y como espiaba a los vecinos, habría contemplado una escena algo patética.

Estaba de pié, frente a la puerta un poco inclinado para ajustar su vista a la de la mirilla, en calzoncillos y camiseta de tirantes, con una mano apoyada en la puerta, y la otra pululando por peteneras. Y un detalle no nimio, desde que se le habían roto las zapatillas, cuando se levantaba de la cama, se calzaba unas botas de piel girada, afelpadas por dentro, eran cómodas y fáciles de poner con su cremallera lateral, y su suela de goma las hacían silenciosas y discretas.

De esta guisa estaba cuando un día, un hecho inesperado fue a romper la rutina.

Un cliente, que había entrado hacia pocos minutos, de repente salió corriendo con la camisa desabrochada y el pantalón a medio subir, yéndose escaleras abajo.

Al poco tiempo salió ella.

El la conocía de verla subir y bajar . Era una chica rubia, pequeñita, que vestía siempre una minifalda azul y una camiseta corta que dejaba su vientre al aire. Pero ahora salia llorosa, con un zapato puesto y el otro en la mano, y con la camiseta desgarrada a la altura del hombro descubriendo una tira de un sujetador negro.

Se sentó en el suelo en el rellano, sin decidirse a bajar, cogiéndose las rodillas con los brazos y llorando desconsoladamente.

Clodomiro, sin pensar demasiado en lo que hacia, abrió la puerta y salió a consolar a la chica. La cogió de los brazos y la hizo levantar, ella ni opuso resistencia ni se ayudó demasiado, por lo que el contacto con aquel cuerpo, lo hizo estremecer. Nunca había pensado que las mujeres fueran tan blanditas y tan suaves. Y sintió levantarse el ánimo dentro de si, y notó como se elevaba el frontal de sus calzoncillos y una eyaculación prematura empapó la prenda. Notó de inmediato, la habitual languidez en sus piernas que hizo dejar de sostener por un momento a la chica, la cual, creyéndose que caía, levantó la vista, y al verlo, dio un alarido tremendo y escapó corriendo escaleras abajo.

En el mismo momento en que la chica escapaba, la puerta de su piso, se cerró con estrépito.

El portazo lo hizo volver a la realidad. Y ésta era bien dura, estaba en calzoncillos, en el rellano de la escalera sin llave ni manera de abrir, y con un sospechoso manchurón braguetero que indicaba claramente lo que habia pasado.

Por un momento, en su mente, pasaron rápidamente todas las posibilidades. Su primer impulso fue hacer como había visto en las películas, embestir fuerte con el hombro y derribar la puerta. Pero un solo vistazo a la puerta y a su esmirriada figura le hizo desistir.

El vivía en el primero segunda. Del primero primera ni hablar, a lo mejor todas las putas repetian lo del alarido. Quedaba el segundo piso, de allí podía intentar descolgarse por el balcón.

En el Segundo primera vivía un guardia civil con bigote que tenia una hija de muy buen ver, y que se lo miraba con mala cara cada vez que se cruzaba con él en la escalera. no quiso ni pensar en lo que pasaría si llamara a la puerta de esta guisa. Pero en el otro piso, vivía una anciana pacifica que quizá le ayudaría.

La anciana del segundo, le abrió la puerta, y se lo miró de arriba abajo. El le explicó que se le había cerrado la puerta y si podía intentar acceder a su casa a través de su piso. La mujer, sin despegar los labios, y sin abrir del todo la puerta, seguía mirándoselo, como sopesando la situación, evaluando posibilidades. Después de un rato, abrió del todo la puerta y le indicó con la cabeza que pasara.

Clodomiro entró rápidamente y se dirigió hacia el balcón de la sala, la que daba a la calle, allí, miró hacia abajo, no lo vio muy claro, pero había un canalón de desagüe cercano en el que pensó que podía apoyarse para descender.

No había tiempo para demasiadas vacilaciones, y pasó por encima de la barandilla y apoyando un pié en la tubería y cogiéndose con la mano en el pasamano, empezó a descender y quedó colgando sobre el balcón de abajo, y con un movimiento pendular, consiguió caer dentro, no sin antes darse un golpe contra una botella de butano.

No recordaba haber dejado la bombona allí, pero lo importante era que estaba dentro. Solo la puerta del salón, pero esta era doble y acristalada y con un empujón del hombro intentó abrirla.

La jodida puerta, crujió, pero no cedió, y después de tres intentos, decidió que tenia que romper el cristal. Cogió para ello una maceta de geranios.

No sabia de donde había salido aquella maceta, pero para el caso daba lo mismo. El cristal cedió y se hizo mil añicos. Con el impulso, entró hasta la maceta. Quitó los cristales que habían quedado en las juntas y entró apartando la cortina en el piso. Tampoco recordaba tener cortinas en la puerta del balcón, ni tres parejas semidesnudas y una señora gorda que se lo estuvieran mirando con sorpresa desde el fondo de la habitación

Son situaciones en las que lo primero que hay que hacer es juntar las rodillas y ponerse las manos púdicamente en el regazo, poniendo cara de pena. La estratagema surgió efecto, porque la señora gorda, a la que evidentemente no le gustaban los hombres sin cartera, empezó a insultarle y a maldecirlo, llamándole voyeur y desgraciado, a la vez que le indicaba el camino de la puerta. Corrido -nunca mejor dicho- y avergonzado, cruzó el salón y se encontró de nuevo, en el rellano de la escalera.

Entonces, hizo lo que tenia que hacer, nadie le había ayudado, por lo que que tomó la decisión. Rompió el cristal de la cajita y pulso el botón de alarma de incendios.

En un plis plas, hubo una autentica revolucion, ulular de sirenas, gritos, carreras, tropel de personas bajando por la escalera, y en la acera al poco rato, un montón de gente en ropa interior mientras los bomberos subían al edificio.

Allí, junto al vecino del segundo, el guardia civil con mostachos que también lucia unos calzoncillos como los suyos, pero con el tricornio puesto, la verdad es que no hacia ningún mal papel.

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3 Mai 2009 - Posted by | Relatos |

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