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Yo soy yo, y comparto circunstancias

LA PALOMA DE LA CRISIS. (El Club de los Jueves)

30 Abr 2009


Escrito por: f-menorca el 30 Abr 2009 – URL Permanente

Domingo Benjumea de los Laureles era un buen hombre. Había sido educado en la fe de Dios, en el respeto a los padres, y fue durante su juventud, monaguillo, flecha de la OJE y miembro de la Unión excursionista de los padres escolapios.

Su padre había sido un funcionario ejemplar en el ministerio de Información y Turismo. Recordaba de él que vestía un eterno traje negro con corbata gris, y que su semblante siempre era adusto y serio. Supo años más tarde que en realidad su trabajo era de censor, y que por eso se pasaba tantas horas en casa leyendo hojas cosidas con una grapa y con un lápiz rojo en la mano.

El se había inclinado por la abogacía, pero desde que se había casado con su primera y única novia, con la que tenía dos hijos, se dedicaba a la bolsa. Su suegro era el que le había introducido en este mundo. Era un gato viejo y le enseñó todos los trucos y le pasó su cartera de clientes.

Las cosas le iban francamente bien, compraba, vendía, conseguía beneficios para él y para sus clientes, y era lo que se dice un hombre de éxito.

Pero ahora, estaba a punto de cerrar la operación más importante de su vida. Su suegro le había enseñado a comprar y vender en pequeñas cantidades, para poco a poco ir aumentando los beneficios, pero era un sistema lento y que requería demasiada atención, demasiado trabajo. El ahora iba a cambiar el sistema, dar un golpe maestro, que le diera en un par de horas los dividendos de todo un año.

Aquella mañana se vistió como siempre con parsimonia. En la mesa junto a su armario, perfectamente colocados, su camisa, calcetines, calzoncillos y camiseta. Nuevos, sin usar, el nunca usaba ropa interior lavada. Cada día estrenaba un juego, Lovelda, la asistenta, se encargaba de sacarlos cada mañana de su envoltorio y dejarlos cuidadosamente plegados en la mesa, la camisa, planchada y pulcra, impecable. Lo único que sacaba del armario era el traje.
Tenía cincuenta y dos, todos alineados en su armario de siete puertas que se alineaba a lo largo de la pared de su dormitorio. Aquel día especial, eligió uno azul alpaca, el color metalizado brillaba con la luz del ventanal.

Salió de la habitación como un pincel, listo para enfrentarse al día. Su mujer seguía durmiendo, como siempre, y de los niños se encargaba la asistenta. El procuraba salir antes que nadie se levantase, así tenía tiempo de dirigirse andando tranquilamente hacia La Bolsa y de paso hacer ejercicio. Tenía el tiempo calculado para llegar exactamente a las nueve menos diez a la cafetería donde desayunaba frugalmente y de entrar en el edificio, exactamente a las nueve y diez, un poco más tarde de las nueve, pero no lo suficiente para que le tildaran de perezoso.

La operación de aquel día en la bolsa le iba a reportar por lo menos quinientos mil euros de beneficios, era lo que normalmente ganaba en un año.

Lo más importante era su aspecto físico, su cara de satisfacción y seguridad en si mismo, su aplomo. Conocía casos de gente que solo entrar con cara de miedo, de vendedor cobarde, o con ojeras de no haber dormido bien o si venia mal vestido, bastaba para que supieran sus intenciones y se le adelantaran.

El había comprado mucho en los últimos días, y sus compañeros tenían que pensar que pensaba seguir invirtiendo, la jugada de venderlo todo debía cogerles por sorpresa.

Pero llegó la crisis, y empezó por culpa de una paloma.

Apenas puesto el pié en el primer escalón del edificio, la solapa de su magnífico traje, recibió un impacto directo de un excremento de paloma. Cayó como un golpe seco, amortiguado por la tela, pero pringando en su caída casi hasta el primer botón. Era una macha inmensa, asquerosa, pringosa, fétida…

Salió corriendo hacia el bar de donde había salido a por una servilleta y agua, pero el remedio, fue peor que la enfermedad, porque la tela había ya chupado parte de la deposición, y el agua aún lo acabó de embarrar todo.

Un oportuno taxi, le llevó a su casa, ¡que lentos son a veces los ascensores¡ ni pegando saltitos conseguía ir más deprisa.

Al fin, entró en su casa, y subió a su dormitorio.

Su mujer, seguía en la cama, tapada cabeza y todo, pese a que la ventana estaba abierta de par en par, las cortinas descorridas y la habitación totalmente iluminada.

Tiró la chaqueta al suelo, y al abrir el armario para buscar otro traje, se encontró a Lovelda, la asistenta, desnuda y llorosa tapándose como podía la cara con las manos. Se sorprendió solo un momento, incluso admiró la desnudez de la mulata, pero acordándose de lo importante, la cogió de un brazo, la sacó del armario y se puso a buscar algún traje que combinara con sus zapatos negros y los calcetines azul clarito.

Buscaba el gris, y abrió la segunda puerta del armario para encontrarlo, y se encontró allí, de pié y desnudo, a Don Justo, uno de sus mejores clientes. Este, en vez de taparse la cara, tenía las manos tapándose los huevos, y no lloraba sino que ponía una cara de rabia imponente.

Menos mal que no dijo nada, porque decir en estos casos algo así como: “No es lo que parece”, hubiera sonado incluso a burla.

Sobreponiéndose como pudo a la segunda aparición del día, cerró la puerta del armario dejando al iracundo dentro y abrió otra, afortunadamente, en ésta no había nadie, hubiera sido demasiado encontrarse allí al perro. Cogió la percha con el traje y se dispuso a ponérselo.

Por un momento dudó al quitarse los pantalones, pero evidentemente, no era momento para pudores. Lovelda estaba en un rincón contorneándose para subirse las bragas y el no pudo menos que dirigirle una mirada.

Intentó ponerse los pantalones con los zapatos puestos, y estuvo a punto de caerse, rompió el dobladillo y al final, tuvo que desistir y desabrocharse los cordones. Son momentos en los que uno suspira por unos mocasines.

Cuando por fin salió a la calle, aún no había asimilado todo lo que había visto en su habitación, pero mientras buscaba un taxi que le llevara de nuevo a la bolsa, las imágenes de su mujer, su asistenta, su cliente, los tres desnudos en su habitación, empezaron a rodarle por la cabeza, poco a poco se fue enfureciendo. El taxi no aparecía. Uno que iba libre y paró, le fue literalmente usurpado por una señora gorda. Al final empezó a correr las cinco manzanas que le separaban de su trabajo, tenía que llegar a tiempo.

Llegó jadeante y sudoroso, a pesar de que en la puerta intentó entrar despacio y aparentar normalidad, todos le vieron la cara descompuesta y los dientes apretados.

Cuando quiso vender sus acciones, ya no valían nada, había perdido todo su dinero y el de sus clientes.

Se encontró con la sensación de que todos le miraban, que era el centro de atracción, como si todos estuvieran ya enterados de lo que se montaba en su casa cuando él se iba. No encontró miradas amigas ni nadie a quién acercarse. Se sintió, por primera vez en su vida pobre y desamparado.

Un impulso irresistible le hizo salir de la sala y subir por la escalera hasta el último piso del edificio, allí, en la buhardilla, unas palomas aún revoloteaban sobre el alfeizar de las ventanas. Se abalanzó como un poseso contra ellas, pero no pudo cogerlas. Además, ellas sabían volar.

Sobre los escalones de la entrada de la bolsa, junto a los restos de algunas deposiciones de palomas, un hombre yacía inmóvil cubierto de sangre. Llevaba un hermoso traje gris con un descosido en el dobladillo.

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2 Mai 2009 - Posted by | Relatos | ,

1 comentari »

  1. holaaaaaaaaaaaaaa

    Comentari per blanca | 16 Març 2010 | Resposta


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