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Yo soy yo, y comparto circunstancias

LA BRUMA QUE NO CESA

09 Abr 2009


Escrito por: f-menorca el 09 Abr 2009 – URL Permanente

Bruma, la palabra era bruma. Aunque para él, quizá la palabra que no encontraba era la palabra nitidez, claridad. Desde pequeño, siempre había una cortina entre él y la realidad. Recordaba que veía confuso el rostro de su madre, pero que cuando sus manos la tocaban, notaba unos contornos definidos y tersos, no arrugados ni vagos, sino lisos y firmes.


Cuando tuvo suficiente edad, le explicaron que tenía un defecto visual que le impedía enfocar los objetos que veía, y su vida se fue desarrollando entre consultas de médicos y diversas pruebas.

Pero el ya había desarrollado la habilidad de conocer a las personas no sólo por su imagen, sino también por su silueta, por su forma de andar, por el ruido que hacían al moverse y por el olor que desprendían sus cuerpos. Poco a poco fue adaptando sus sentidos para compensar aquel defecto visual que le hacía diferente a los demás.

Su vida en la escuela y en el instituto, fue plácida, pero lejana de sus compañeros, aparecían envueltos en brumas, no podía distinguir en sus miradas el amor, el odio o la burla y se movía en un mar de indecisiones. Se sentía cohibido frente a las chicas y sentía la necesidad de tocar sus rostros para conocerlas, y esto era algo fuera de sus posibilidades.

Un día, sentado en un bar, oyó una voz especial. Provenía de un grupo de chicas que estaban sentadas en una mesa contigua. Aquella voz le enamoró. Supo desde aquel mismo momento que aquella chica era la preferida de su corazón. Incluso supo que hacía demasiado tiempo que la estaba esperando.

A través de su velo, pudo distinguir la silueta y los movimientos de la persona que le había robado el corazón. Y notó de nuevo como si la conociera de toda la vida. Sus gestos eran rápidos, enérgicos, como acompañando a sus palabras. De vez en cuando, con una mano hacia un gesto colocándose los mechones del cabello, y la cadencia del movimiento le daba la impresión de que lo estaba saludando e invitándolo a acercarse.

Tuvo un impulso, un momento de insensatez, y se levantó y se dirigió al grupo, y dirigiéndose a su chica, le dijo, despacito y suavemente: Estoy enamorado de ti.

Se oyó un silencio y a continuación una carcajada general. Las chicas se habían puesto a reír, pero no todas. Una de ellas, se había quedado callada. Cuando cesó el coro de risas, simplemente dijo: Gracias.

Y el aprovechó el momento para irse, confuso por su atrevimiento, por las risas, y por aquella frase dulce y tierna: Gracias.

Abrumadora fue la noche. Entre sollozos y lamentos, sin saber si había hecho bien o si hubiera sido mejor callar. Las horas pasaron lentas hasta que le venció el sueño.

Al día siguiente, y durante muchos otros, a la misma hora y en el mismo bar coincidió de nuevo con las chicas. Cuando llegaban, “ella” le saludaba al pasar, pero se sentaba con sus amigas y hablaban como siempre despreocupadamente, pero eran conscientes de su presencia, de que estaba allí, expectante.

El, desde su rincón, asistía al baile de sombras chinescas y bebía aquellas palabras llenas de música y esperanza que llegaban a sus oídos.

Pero un día llegó sola, por decisión del destino, ninguna de sus amigas acudió aquel día a la cita. Y sentados en diferentes mesas, se miraban en silencio, confiando cada uno en que fuera el otro el que tomara la decisión de acercarse. Y fue ella al fin, la que tomó la decisión de ir a su mesa y pedirle si podía sentarse a su lado.

El, después de un silencio, balbuceando apenas pudo repetirle la frase: Gracias.

Mis ojos, sin tus ojos, no son ojos

Mis ojos, sin tus ojos, no son ojos,
que son dos hormigueros solitarios,
y son mis manos sin las tuyas varios
intratables espinos a manojos..

No me encuentro los labios sin tus rojos,
que me llenan de dulces campanarios,
sin ti mis pensamientos son calvarios
criando nardos y agostando hinojos.

No sé qué es de mi oreja sin tu acento,
ni hacia qué polo yerro sin tu estrella,
y mi voz sin tu trato se afemina.

Los olores persigo de tu viento
y la olvidada imagen de tu huella,
que en ti principia, amor, y en mí termina.

Miguel Hernandez

De “Imagen de tu huella” 1934

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2 Mai 2009 - Posted by | Sociedad |

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