X A R B E T

Yo soy yo, y comparto circunstancias

19 de Noviembre de 1975. Historia de un transistor.

El día diez y nueve de noviembre del 75, fue uno más de los muchos que habíamos pasado en aquel cuartel de El Aaiún.

Como siempre, al anochecer, sacamos de debajo de la escalera los colchones y los dispusimos en el suelo de la oficina para pasar la noche.

Hacía ya mucho tiempo que ninguno de los cuatro dormíamos en la compañía. Estábamos mejor allí, en el suelo, sin escuchar imbecilidades y con menos olor a tigre. Sacamos la botella de coñac, cada día caía una, y preparamos el mejunje de cada noche.

Café de calcetín, galletas príncipe de Beukelaer y sonoros sorbos de la botella. Eran momentos de contar cosas, de emborracharse poco a poco, de ir hablando hasta que la lengua se volvía pastosa indicando que la botella estaba a punto de fenecer.

Luego, cada uno se tumbaba en su colchón y empezaba la sinfonía de ronquidos.

Pero aquella noche, yo no tenía sueño, había estado escuchando la radio toda la tarde, y seguía las noticias sobre la muerte de Franco.  Puse el volumen muy bajito, para no molestar, y me puse la radio muy pegada a la oreja, acariciándola, acunándola.

Era una radio bastante buena, aún sigue en casa, la compré en un bazar y me costó dos mil pesetas del año setenta y cinco.

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En realidad me la regaló el estado, porque estas pesetas fue una gratificación especial que recibimos unos cuantos cuando matamos a bastonazos a un moro en nuestra oficina.  Hubo quejas, porque no todos cobraron.  Solo los que habíamos vivido directamente los hechos.

Supongo que la gratificación incluía el deber de contestar a todos los requerimientos que nos hacia un juez de Las Palmas con las mismas palabras. “Lamentamos comunicarle que desconocemos el paradero de… , pero seguiremos investigando….”

Aquel dinero quemaba, pero evidentemente no lo suficiente para rechazarlo, y yo, pese a andar corto de pelas, decidí invertirlo todo en una cosa concreta.  Hice bien, me queda la radio, testigo mudo de una infamia. Se me hubiera ido el dinero en cubatas.

Me duermo con la radio susurrándome en el oído, pero el subconsciente sigue alerta, y al filo de las cinco de la madrugada, me despierto.

Sin abrir los ojos, escucho de nuevo al locutor, el tono sigue siendo el mismo, y al poco tiempo se anuncia el evento: Franco ha muerto.

Apagué la radio y seguí durmiendo.  Que le den por el culo.“>

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2 Mai 2009 - Posted by | Sociedad |

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