X A R B E T

Yo soy yo, y comparto circunstancias

Recuerdos de niñez. Primera parte

Las tres ventanas.

En la casa en la que fui niño, había tres ventanas. Las tres deban a la Plaza España. Esta plaza estaba presidida en su parte más alta por la Iglesia del Carmen y por el mercado del Claustro. Era lo primero que veía al asomarme. A mi izquierda, y por lo tanto a la derecha de la Iglesia y formando ángulo, estaba la Pescadería. Y un poco más abajo empezaba la “Costa de Ses Voltes” que conducía al puerto.

Este era el panorama que veía desde mi ventana, la cuesta que conducía al puerto, y al fondo el barco correo y el agua azul y plácida, la Pescadería y el Mercado y La iglesia. Los coches y las motos venían de arriba, pasaban por delante de la iglesia y de la pescadería y bajaban hacia el puerto o cruzaban toda la plaza para subir por la calle “Portal de Mar” hacia la plaza del ayuntamiento.

De las tres ventanas, la de en medio era la mía. La que tenía mejor visión. La primera estaba en la habitación de mis padres y estaba tapada por un armario enorme, tardé mucho tiempo de darme cuenta que allí había una ventana. La tercera era la más esquinada, la que solo dejaba ver el callejón de abajo con la fábrica de hielo.

Tengo muchos recuerdos de esta ventana, era de madera, de tipo guillotina, y siempre se tenía que cerrar con la parte exterior arriba y la interior abajo, si no entraba agua cuando llovía. Tenía dos posiciones, una a un cuarto de altura y otra a la mitad. Cuando estaban las dos partes arriba, me podía asomar para ver la acera de abajo, donde estaba la relojería Cucalón y la cochera del señor Bibiloni, pero normalmente estaban siempre los cristales bajados. Cada una de las dos partes de que constaba la guillotina, tenía seis cristales, con separadores de madera.

Incontables las horas que pasé con la cara pegada a esos cristales. Era mi punto de observación, abajo trascurría el mundo, mi cerebro procesaba todas las imágenes recibidas.

La llegada del autobús de Fornells con las cajas de pescado en la baca, del que eran bajados y llevados entre dos a la fábrica de hielo que había en el callejón de debajo de mi casa, para una vez cubiertas de hielo picado, atravesar la plaza hasta la pescadería.

La parada de taxis, con sus propietarios apoyados en los guardabarros y esperando mientras hablaban y fumaban.

La tienda de Frutas de los hermanos Torres, que estaba un poco más arriba de la pescadería y que tenía su género expuesto sobre una mesa sobre la acera, y con las pencas de bacalao colgando. Eran tiempos en los que el bacalao salado era manjar de pobres.

Un poco más arriba estaba Can Estalet, una tienda donde vendían artes de pesca, manzanilla y cestos de mimbre. Allí iba cada vez que se nos caía el pozal de la cisterna de casa para que nos prestasen el “sercapous” una especie de gancho múltiple de hierro para pescar en el fondo de la cisterna. Me encantaba el olor de aquella tienda, y la afabilidad de la dueña, una señora vieja y gordita que siempre sonreía.

En la misma esquina con la iglesia del Carmen, estaba la entrada al Mercado. Era un Claustro adaptado por los payeses para vender frutas y verduras, era cuadrado y a la derecha, solo entrar estaba la tienda de embutidos de casa Baüer, era enorme, y recuerdo de ella que las señoras que despachaban estaban muy arriba, detrás de sus mostradores. Siguiendo llegábamos a las carnicerías. Yo solo iba a una, la que mi madre decía que era la mejor, la de San Luis, allí me conocían y me hacían bromas, pero eran simpáticos, uno de los carniceros andaba cojo, ostentosamente cojo.

Yo, en casa, era el encargado de ir a comprar, me conocía todas las tiendas, la de casa Elvira para azúcar, papel higiénico “El elefante”, de áspero recuerdo, arroz, alubias y cosas por el estilo. Tenían frente al mostrador los sacos llenos de todas las legumbres. Cada vez que le pedían algo, salía la señora Elvira a coger con la “Sásula” el género que le pedían. Había poca prisa en aquella tienda. Me queda en la mente la manera de envolver los fideos o la harina, ponían el papel encima del mostrador, el producto en medio, e iban plegando los bordes para hacer una especia de bolsa. Cuando el producto eran Aceitunas se hacia una “Luda”, un cucurucho con un papel, doblando el vértice para que no se cayera y cerrándolo luego por arriba. Aun no habíamos tenido la enorme “suerte” de las bolsas de plástico.

Las medidas no eran las métricas, sino las que nos habían legado los ingleses, pedíamos ·”Tres unçes “de azúcar, que eran cien gramos, o si era la carnicera una “terça” que eran cuatrocientos gramos. También “un quart” o “Dues terças i mitja”

En casa Julia compraba la fruta, estaba a la derecha de mi casa, frente a la pescadería, para llegar allí, tenía que pasar por delante del herrero y de la librería de Manolo el mariquita. El mariquita era el hijo, el librero era muy mayor, y al parecer sus hijos le daban muchos disgustos, su hija era una preciosidad y se fue con un marinero. En la librería solo vendían novelas baratas, también las alquilaban y compraban las usadas. Yo me quedaba mucho tiempo mirando las ilustraciones de las novelas expuestas en el escaparate. Creo que allí fue donde empecé a admirar unos muslos y algún que otro escote.

En casa Elvira las legumbres, la fruta en casa Julia, Casa Torres para nueces, avellanas, bacalao, pasta de dientes… allí descubrí el signal, una pasta de dos colores. En el mercado, tomates, alcarchofas, pimientos, allí siempre iba al puesto de una señora que hablaba mal, decían que no tenia paladar, era, la de más confianza y que no me engañaba. También la carnicería a comprar hígado, pero eso era por las tardes, a partir de las seis, los lunes, cuando mataban.

Por supuesto que también estaba la panadería, justo abajo, la de Juan del Horno, donde vendían una barras de pan “madrileño”, gruesas, con mucha miga y muy blancas.

En casa siempre faltaba el pan a media tarde, Juan del Horno, ya lo había agotado todo, y yo tenía que peregrinar por las panaderías de los alrededores a por una barrita de cuarto. El recorrido era siempre el mismo, primero a can Senyalet, si no había suerte, en la calle del Carmen había dos panaderías más, la del número cuatro y la de casa Jaime, normalmente siempre encontraba alguna cosa.

Lo peor de las panaderías fue cuando mi madre se empeño en que el pan madrileño de Juan del Horno se ponía duro demasiado deprisa, y los sábados me enviaba a Can senyalet a por las barras, que las hacían mucho más largas doradas y estrechitas y estaban mucho más ricas. El problema era que para llegar a la calle de la Iglesia donde estaba la panadería tenía que pasar por la calle nueva, que era donde paseaban siempre las chicas en busca de novio, y donde me podía encontrar a mis amigos del colegio. Y claro, pasar por aquella calle un sábado por la tarde, con dos barras de pan debajo del brazo, no era muy digno. Vamos a ver, no es que fuera indigno, yo me decía a mi mismo: Ir a buscar el pan es algo normal, nadie tiene por qué reírse de mí si voy a la panadería. Pero luego, pasaba por la calle y estaban mis amigos tonteando con las chicas y me miraban y se reían, yo les saludaba muy serio sin hacerles caso, pero me sentía observado. Total, que pese a mis principios y buenas intenciones, muchas veces, daba un rodeo y pasaba por la plaza de la conquista y portal de mar para que no me vieran.

Cuantos años tenía por aquel entonces? Pues no lo sé, los recuerdos se agolpan y se sobreponen a veces, pero seguro que entre ocho y trece años. Mi hermana mayor tiene dos años más que yo, y con las dos pequeñas, nos llevamos cuatro. Es decir, que cuando yo tenía ocho, mi hermana menor tenía cuatro y acababa de nacer la benjamina. Supongo que era la época en que mi madre necesitaba más ayuda.

Por cierto, que se me olvidaban los huevos. Estos se compraban en casa de la señora Antonia, que vivía en la calle del Ángel, supongo que era la que los tenía más frescos y a mejor precio, porque era una casa particular. Era cerquita, pero para llegar tenía que pasar por un callejón oscuro y a veces me daba miedo, no siempre estaban todas las bombillas de las farolas encendidas. Un día que estaba especialmente oscuro y no me atreví a pasar, regresé sin la media docena de huevos, mi madre no me riñó, pero se puso a cenar de pan solo, masticando ostentosamente y me sentí muy culpable y muy triste. No recuerdo de lo que cené yo, supongo que a mí si me toco huevo.

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15 Novembre 2008 - Posted by | Recuedos de niñez |

4 comentaris »

  1. M’agraden molt els teus records. Aquest capítol d’anar de compres m’ha encantat. A casa meva, ma mare i les meves tietes i jo, de vegades, comprem amb lliures.
    Una lliura = 400 gr. (com una terça)
    Mitja lliura i… tres unçes pels 100 gr.
    Comprenc perfectament com et vas sentir al sopar quan vas arribar sense els ous… quan ets petit decebre als grans afecta molt, tot i que no t’ho tingués en compte encara te’n recodes. A mi també em passa.
    Molts petonets
    Seguiré atenta cada nou capítol

    Comentari per Uru | 16 Novembre 2008 | Resposta

  2. Me encanta ;), me transportas a épocas de mi infancia entrañables, es imposible, no dejarse llevar por los pensamientos…

    Comentari per Nynaeve | 23 Novembre 2008 | Resposta

  3. Los tengo que ir sacando de uno en uno, porque si intento sacarlos todos, se apelotonan a la salida y no hay manera.

    Comentari per xarbet | 24 Novembre 2008 | Resposta

  4. Es increible, y yo creo cuantos más años han pasado , mayor precisión ,..nos aparece un chiché de los momentos más insignificantes de nuestra infancia..

    Yo mi época de 3 a 5 años la recuerdo , viendo las imágenes con todos sus detelles..quizás la parte más nublada es los años más recientes…No me explico por qué es así pero ocurre…

    Es muy bonita esta idea de plamar aquí tus recuerdos…igual hasta te la copio…

    besos

    Comentari per colombine | 13 Desembre 2008 | Resposta


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