X A R B E T

Yo soy yo, y comparto circunstancias

Un problema animal

No sé como lo voy a empezar a explicar, realmente me da vergüenza, pero por otra parte, siento la necesidad de que el mundo sepa lo que ha pasado, y que alguien certifique si soy la única persona que ha padecido este mal o si hay otros.

Mi nombre es Mónica, trabajo en una oficina que se dedica a la gestión de extranjería de empresas exportadoras. Es una oficina pequeña, apenas veinte metros cuadrados en el que convivimos -debería decir contrabajamos- cuatro personas. Andrés, José Luis, Amparo y yo misma. Andrés es el más antiguo, y de alguna manera se siente el supervisor de los demás, pero el Jefe, que ocupa un despacho contiguo, se llama Eduardo Sánchez, y es un asno de mucho cuidado.

Pues aquí, empezaron mis cuitas, por el asno de mi jefe.

Sucedió un día, de repente, yo estaba trabajando, concentrada en mi trabajo, y de repente, sin darme cuenta, se abre la puerta del despacho y aparece el jefe.

¡¡IAHHHH ¡¡¡ ¡¡IAHHHH ¡¡¡ ¡¡IAHHH ¡¡¡

El enorme rebuzno que se oyó en la oficina sorprendió a todo el mundo, especialmente a mí que era la que lo había proferido

.

Resulta, que no sólo rebuzne tres veces, sino que lo escenifique de una manera sublime. Según me contaron mis compañeros, solo ver al Sánchez, levanté el culo del asiento, dejando las manos apoyadas en la mesa, hice una mueca con la boca, girando a la vez la cara hacia un lado, cerré los ojos y con media convulsión del tronco, levanté la cabeza, abrí la boca y solté…eso… lo que solté.

Me di cuenta en seguida de lo que había pasado, es decir, recuperé al instante el control de mis laringes, y balbuceando, pedí perdón, dije que había sido sin querer, y me senté confusa y perpleja con la cabeza baja.

El jefe, salió de la oficina, blasfemando en arameo, furioso como una culebra, mientras mis compañeros de oficina, soltaban la carcajada, porque las dos cosas, rebuzno y reacción del destinatario, no merecían otra cosa.

Luego, compungida, explique a mis compañeros, que no había sido a propósito, que me había salido sin querer, pero ellos seguían riendo, y al final, acabé yo también riendo con ellos.

La cosa hubiera quedado en simple anécdota de las que se cuentan a los nietos, si luego, al salir, por la calle, pensando como siempre en mis cosas, no me hubiera cruzado con un chico alto, moreno, guapo, prieto de carnes, y con unos enormes ojos negros. Además no lo vi acercarse de lejos con tiempo para estudiarlo y todo eso, sino que lo descubrí de pronto, frente a mí, altivo, con la mirada franca, y sonrisa fácil.

¡¡¡ HIIIIIIIIIIIIIIIII ¡¡¡ ¡¡¡ HIIIIIIIIIIIIIIIII ¡¡¡ ¡¡¡ HIIIIIIIIIIIIIIIII ¡¡¡

Esta vez fue un relincho, allí, en plena calle Pelayo, frente a la boutique de loli, a las siete de la tarde, lleno de gente. Todo el mundo quedó parado, porque creo que esta vez, además de la mueca en la boca, el arco escrito por la cara levantándola hacia él, y la media contracción del cuerpo, escarbé un par de veces con el pié.

Sólo fue un instante, pero fue eterno. A los pocos segundos, recuperé la compostura, y enfilé rápido hasta la boca del metro más cercano, mientras el resto de transeúntes, y por supuesto el chico, recuperaban el movimiento.

Intenté llegar a casa lo antes posible, porque pintaban bastos, pero aún me esperaba otro episodio.

Fue en el metro, aquello que estas de pié, aguantando el equilibrio con la mano en la barra, dejándote mecer por el ajetreo del tren, procurando tener la mirada perdida sin detenerla en nadie, y de repente, notas unos ojos que te miran fijamente…sabes que están a tu izquierda, que te están desnudando con la mirada, que no debes girarte, y cuando ya estás segura de que no lo vas a hacer, pues, te giras y ….

OING OING OING

Y es que realmente, el tipo que me estaba mirando, tenía cara de cerdo, y a mí me salió de nuevo el oing oing pertinente. Pero esta vez triunfé porque algunas chicas que se habían dado cuenta de cómo me miraba el infeliz, se echaron a reír, incluso un chico muy majo, con mochila se puso a aplaudir, y el cerdícola, puesto en evidencia y avergonzado, se alejó vagón abajo.

Primera parte de tres.

Segunda parte.-

Compartía piso en aquella época con una amiga, que como siempre, cuando llegué, no estaba en casa. ¿Por qué las amigas nunca están cuando las necesitas?

La estuve esperando, sentada en la cama, hasta la una de la mañana, venia de una cena y estaba un poco achispada, pese a lo cual, se sentó a mi lado para que le contase lo que me tenía tan compungida.

Se mantuvo en silencio mientras le relataba lo que me había sucedido. De vez en cuando algún hipo, pero guardó la compostura. Al final, cuando me paré esperando el veredicto o el consejo, me miró a la cara, en silencio, luego fue bajando la mirada, me repasó de arriba abajo, y al final, levantándose y dando por finalizada la confesión, se fue diciendo:

“Tu lo que necesitas es un buen polvo”

Y yo me quedé allí, furiosa, deseando machacarle la cabeza, pero furiosa sobre todo conmigo misma, porque no sabía si esa era la solución, pero que necesitaba un buen polvo lo tenía muy claro, hasta con uno medianejo me hubiera conformado, pero evidentemente, esas cosas no se mendigan por ahí.

Y pensando en mi mal, y buscando alguna explicación posible, pensando pensando, me acordé de algo similar que me había ocurrido un par de días antes, cuando envié a Carlos a hacer gárgaras. Y es que hay cosas que hay que cortarlas por lo sano.

Ya es bastante triste salir con un chico que es hijo único de viuda. Manda ovarios, menuda combinación. Hijo único de su mamá, que tanto lo quiere y que tanto le protege. Que además tiene la desfachatez de hablarte demasiadas veces de su madre. Como si te la fuera introduciendo poco a poco en tu vida, Que se pasa tres meses saliendo contigo sin cogerte ni una mano. Y que el día, que ¡¡ por fin ¡¡ de noche, con el coche estacionado en un descampado a cielo abierto,…..

De hecho, paró el coche por indicación mía, que de motu propio no lo hubiera hecho, íbamos de regreso a casa, por una carretera vecinal, había una luna tremenda en el horizonte, y le dije: Párate, mira que luna tan hermosa. Detuvo el coche, y como el retrovisor le impedía verla bien, se inclinó un poco hacia mí, y se encontró con mis labios que lo esperaban. Fue un beso dulce y cálido, eterno casi, porque el muy cabrón mantenía la manos en el volante, como si quisiera volver a partir, por lo que tuve que ser yo la que le cogiera la mano y la condujera a mi pecho. Eso le gustó porque estuvo sobando con ansia, la cosa iba por buen camino.

Pero lo que pasó después, no tiene perdón de Dios.

Vale que tenga que ser yo la que se desabroche la blusa, que me tenga que contorsionar para desabrocharme el sujetador con una mano, pero cuando con el pecho liberado y a punto de caramelo, cuando esté ya ¡¡por fin¡¡ bajando la cabeza para darle un chupetón, que de repente, levante la cabeza, lleve su mano al bolsillo, saque un pañuelo pulcramente doblado y planchado -por su madre naturalmente- y te limpie el pezón con cuidado, pues eso, que… -ahora lo recordaba con claridad-…

Con la libido por los suelos, la autoestima colgada del retrovisor, y la indignación subiéndome desde las ingles hasta el gaznate, pues cerré los ojos, se me hizo un nudo en la garganta, torcí la boca, giré el cuello y de repente, el nudo se deshizo y solté un:

¡¡¡¡MUUUUUUUUUUU,¡¡¡

Y es que me sentí como una vaca a punto de ordeñar a la que limpian las ubres, por lo que después del mugido, le pegué con el puño en el ojo, y hubiera seguido pegándole, pero salió del coche asustadísimo el muy flojo, sin entender nada. Yo ocupé el asiento del conductor y salí como alma que deja el diablo en la cuneta. Aún recuerdo su imagen en el retrovisor, en medio de la carretera con su impoluto pañuelo en la mano. Como la bella lola.

No paré hasta llegar a casa, dejé su coche en un reservado para minusválidos que había en el portal con las llaves puestas, y entré en casa. Cuando después de subir las escaleras de dos en dos, entré en mi piso y cerré la puerta, aun iba con la blusa desabrochada y con una teta fuera.

Eso, fue la primera vez, la de la vaca, ahora había pasado un asno, un caballo, un cerdo…. ¿¡que animal más me iba a deparar el destino?

Segunda parte de tres. Ya falta poco.

Tercera parte.-

Reflexión de madrugada, después de no dormir en toda la noche: tenía un problema. Un problema animal. O vegetal o mineral, daba lo mismo pero un problema, y cuando sonó el despertador me acordé de que no había dormido, por lo que me tumbé en la cama de través, sin desvestirme, y me quedé dormida, susurrando: Houston tenemos un Houston,

Me desperté cuando ya eran las dos, con la sensación de haber soñado, pero con la convicción de que no, que por desgracia era real. Llamé a la oficina para indicarles que no estaba bien, lo comprendieron enseguida entre risitas, y me fui a la cocina, donde María, mi compañera, estaba preparando la comida.

Estuvimos hablando, comentando, analizando, ahora de una manera pragmática y serena, y huyendo de diagnósticos, decidimos que de momento, lo que había que hacer era esperar, y urdir un plan, que fuera al menos paliativo ya que la curación me parecía lejana, para evitar lo que me pasaba.

El protocolo de actuación era bastante lógico, por un lado, procurar no mirar a nadie de sopetón, había que prepararse antes de mirar. Luego había que mantener la boca ocupada, por un cicle por ejemplo, descartamos el huevo duro por incómodo. El mismo reflejo de no tragárselo ayudaría a no lanzar exclamación alguna, y sobre todo, no ensimismarse, no dejarse llevar por los pensamientos que por ahí era por donde venia el problema.

Al día siguiente fui en taxi a la oficina, así no encontraría gorrinos mirones. Por si acaso, me cuide mucho de mirar al taxista, porque había intuido por el rabillo del ojo que parecía un pato, y durante todo el trayecto, mantuve la vista baja.

En la oficina, me miraban divertidos, y yo, con la cabeza en mis papeles, intentaba no mirar a nadie, ni siquiera para contestar preguntas, porque yo a estas alturas ya sabía que asociaba a según qué personas con animales, y que si miraba a Amparo, me saldría la voz de una hiena, si miraba a Andrés, el de un mico, y con José Luis, seguro que balaría, porque estaba como una cabra.

La solución era autocontrol, firmeza, rigidez, y sobre todo, prevenir, estar al loro, o al burro, o al caballo, o a lo que fuera.

Por lo tanto, después de estar dos horas cabizbaja, levanté la vista, serena y conscientemente, y miré a mis compañeros, uno por uno, fijamente, sin proferir ni un sonido.

Incluso cuando salió Sánchez, yo noté el pestillo de la puerta que giraba, y me preparé para recibir la mirada del jefe sin abrir boca.

Lo malo fue que el Jefe salía para pedirme que fuera a hablar con él a su despacho, y una vez allí, la bronca que tuve que aguantar, fue de las que no se olvidan. Que si le había ofendido, que lo había hecho a propósito, que había quedado en ridículo delante de todos, que me iba a echar, en fin, todo lo que es capaz de vomitar una boca de una persona cabreada que además no se distingue ni por su cultura ni por su inteligencia. Es decir, por un asno.

Me despidió de su despacho con un “a la próxima la despido”, y yo hui, cerrando la puerta, cansada de oír tantos improperios.

Dos semanas después estaba mental y psíquicamente agotada. Había conseguido eso sí, no proferir ninguna exclamación animal, pero el no poder relajarme, el estar siempre atenta, la mirada baja, me tenia fuera de quicio. De hecho, temía acabar con una camisa de fuerza. El esfuerzo de represión era tan brutal, que me sentía vacía por dentro, hueca y de hojalata, como si fuera por la calle con los tornillos demasiado apretados y chirriando continuamente.

Afortunadamente, vosotros ya sabéis que la historia va a acabar bien, porque si no, no la estaría contando ahora mismo.

Un día, tuve el deseo irresistible de ir a pasear por el parque. Me fui adentrando poco a poco por los caminos de tierra, con los árboles rodeándome, los pajaritos piando, cuando de repente, frente a mí, aparece Carlos.

. Había cambiado, se le veía a diferente. De momento, ni lacoste, ni mocasines ni dockers. Una camisa desabrochada anudada a la cintura, unos pantalones blancos tipo pirata, y calzando una abarcas. El pelo desordenado y con la barba del día anterior. Pero no era solo eso, era su forma de andar, de irse acercando poco a poco, su manera de mirar, incluso con un ojo todavía morado, era altiva, desafiante, iba sorbiendo los vientos.

Se paró a pocos metros de donde yo estaba, y escarbó un poco de tierra con el pié, yo, instintivamente, hice lo mismo, de las ingles esta vez me subía una sensación extraña, ascendía por el monte de Venus y volvía a bajar gruta abajo despiadadamente, haciéndome gemir.

Oí un relincho, por una vez no era yo, y hubiera jurado que venía de él, y me sorprendí respondiéndole, pero sin avergonzarme, sin miedo, bravamente, a pleno pulmón, mientras las gotas de sudor me resbalaban por los pechos,

Se agachó y se puso a andar a gatas, ronroneando hacia mí, yo hice lo mismo, oí salir de mi el bufido de una pantera y se mezcló con el rugido de un león, y nos fuimos acercando hasta que nuestras narices se encontraron, nos olimos, rozaron sus labios mi oreja, y sin poderlo evitar, nos lanzamos con ímpetu uno contra el otro, besándonos, arañándonos, apartando a manotazos la ropa, buscando contacto piel con piel, aliento con aliento, gimiendo, llorando, sorbiendo. Como dos cebollas que con el roce van perdiendo capas de piel, así nos fuimos desnudando hasta encontrarnos, inhiesto él, ansiosa yo, en una copula perfecta en la que todos los poros se unían, contorsionando y temblando, suspirando y aguantando el placer, reteniendo el orgasmo, moviéndonos como un monstruo de dos espaldas, hasta que como un cohete que sube zumbando zumbando zumbando hasta llegar al punto más alto donde se expande estruendosamente. Con violencia y pasión, explotamos uno contra el otro, aullando como lobos

AUUUUUUUUUUUUUUUUU

Mantuvimos durante un tiempo los cuerpos unidos, con el eco del fragor de los dos cuerpos todavía resonando en nuestros oídos, hasta caer exhaustos, resoplando, ejecutando como en una danza los últimos estertores del placer, compases lánguidos y placidos.

Cuando recuperamos la conciencia y el control, nos levantamos aun sorprendidos por el impulso que nos había llevado aquella mañana de Agosto, cada uno por su lado a pasear por aquel parque.

Y notamos que a nuestro alrededor, se habían juntado un grupo de animales que nos miraban con atención, estoy segura que tanto la vaca, como el caballo, como los demás agradecieron que les devolviéramos sus voces, porque hacía ya muchos días que no podían hacer el amor con sus parejas.

12 Octubre 2008 - Posted by | Relatos | , ,

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