X A R B E T

Yo soy yo, y comparto circunstancias

HISTORIA DE IRENEO

María había tenido ya cinco hijos, y cuando dejó de tener la menstruación, lo atribuyó a un climaterio más o menos precoz. Los últimos diez años los había invertido en parir y criar y no sentía especial necesidad de ninguno más, por lo que incluso se alegró de dejar de ser fértil. Cuando pasaron unos meses y su barriga no crecía, acabó por convencerse de que no estaba embarazada.

Pero un día, al ir al baño, notó que algo se deslizaba por su vagina hasta el exterior. Tuvo que rescatar a su hijo del agua del inodoro tirando del cordón umbilical.

No tenía más de diez centímetros de largo, y sorprendía que llorase y se moviera como un niño normal., cortó con las tijeras de la manicura el cordón, hizo el nudo, y lo envolvió en una toalla mientras esperaba sentada en el wáter que saliera la placenta.

Cuando al cabo de un rato, después de haberse lavado y peinado, salió del baño, le dijo simplemente a su marido que estaba sentado en la mesa de la cocina:

-Tenemos un nuevo bebé.

-Su marido, apenas subió un poco los ojos y se limitó a encogerse de hombros.

Los niños, eran cosas de mujeres, de la que se ocupaba de la casa, el tenia bastantes problemas con su trabajo en el campo y con aquella sequia pertinaz que le tenía amargado.

Cuando sus hermanos entraron para la cena, apenas repararon en aquella cosita pequeña que no tenía ni un palmo que se agitaba en su toalla junto al fregadero de la cocina. Solo la pequeña Sara que solo tenía dos años, se acercó a intentar cogerle la manita, pero su madre no se lo permitió.

-Es vuestro hermano, pero es muy pequeño todavía, aún no es un bebé.

Y como no era todavía un bebé, le dieron por no nacido, y ni siquiera le pusieron nombre. Incluso, los primeros días su madre se olvidaba que tenía que comer, y como casi no lloraba, estuvo a punto de morir de inanición. Tenía la boquita tan pequeña que no le hubiera cabido el pezón en la boca, incluso si los pechos de la madre tuvieran leche, que no era el caso. Al final, la solución fue el bebedero del canario, tenía una espita pequeñita por la que goteaba el agua, y con eso pudo administrarle las primeras gotas de leche de cabra que era la que había en casa.

Sorprendentemente, el no niño, sobrevivió. Pasó de beber leche a las papillas y luego incluso trocitos de carne y fruta. Se pasó los primeros tres meses tumbado en una caja de zapatos, no lloraba ni se movía apenas, solo sus ojos que parecían enormes en una carita tan pequeña, daban un poco de vida a aquel cuerpo

Pero, cuando ya hubo cumplido los tres meses, un día, su madre vio que no estaba en la caja. Se había levantado y había salido de su improvisada cuna. A partir de aquel día, ya no quiso permanecer más quieto, corría por la casa, esquivando los pies de los demás, mirándolo todo, observando, pero sin hablar, sin decir nada a nadie. No tenía ningún tipo de control por parte de sus padres, hacia lo que le daba la gana, dormía en cualquier rincón, y comía de un pequeño tazón en el que su madre le dejaba siempre leche y trocitos de pan.

Fin de la primera parte.

Segunda parte.

Con la llegada del invierno, su madre le dio cuenta que no podía ir desnudo por la casa y con un trozo de tela, le hizo una especie de casaca abierta a los lados y atada con una cinta a la cintura.

Llegó un momento en que su presencia era habitual pero nadie le hacía demasiado caso. El mismo se alimentaba de restos de comida y de lo que encontraba, y como comía tan poco, nadie lo notaba. Daba tan poco trabajo que sus padres se llegaron a olvidar de que existía. Sus hermanos tampoco estaban muy interesados en jugar con él.

Un día intentaron cogerle para ponerle en una casita que habían hecho, pero no lo consiguieron, era tremendamente rápido y ágil, y además, cuando se veía en peligro, emitía un chillido muy agudo que era prácticamente insoportable, por lo que desistieron rápidamente de sus intenciones. Cuando empezaba, a chillar, todos suplicaban al que lo incordiaba que lo dejase estar, tal era el efecto desagradable de su grito. Este fue en definitiva, su mejor arma, con la que conseguiría hacerse respetar.

Al año, media treinta y cinco centímetros, que era ya una estatura respetable, teniendo en cuenta que cuando nació apenas media diez, había casi cuadruplicado su estatura. Su madre, a la casaca de siempre, le había añadido unos cayumbos para que no anduviera todo el día con el culo al aire, y él a su vez, había aprendido a hacer sus necesidades en el establo o en la jaula de los conejos.

Esta jaula, fue determinante para su vida, estaba ubicada a la izquierda del patio y estaba separada por una malla de la zona de las gallinas. Tenía unos cuatro metros cuadrados, y habían puesto unas piedras y algunas cajas de madera vacías para que los conejos se pudieran esconder. En aquel espacio vivían diez o doce conejos entre gazapos conejas y el gran macho que se paseaba ufano por todo el espacio exigiendo para él la mejor sombra.

El no niño seguía sin hablar ni relacionarse con nadie, ni siquiera aceptaba una caricia de su madre, rehuía cualquier contacto o intento de acercamiento, pese a que se pasaba muchas horas observándoles desde una esquina sin decir nada, sobre todo los domingos en que después de misa, se sentaban todos a la mesa a comer arroz, desde un rincón, los miraba ensimismado. También observaba a sus hermanos y a los amigos de estos cuando jugaban en el jardín, pero esto lo hacía a escondidas, nadie en el pueblo sabia de sus existencia y por supuesto no constaba en ningún libro de la iglesia o del registro civil.

Al final, se instaló definitivamente en la jaula de los conejos, se había hecho amigo del conejo macho, y se pasaba horas jugando con él y con las conejas. Los gazapos estaban en un apartado, pero el se movía libremente por todos los lados. En uno de los rincones se había hecho una casia con unas tablas y allí iba metiendo todo lo que le gustaba de la casa, cojines, una neumático viejo con el que había montado una especie de columpio, y sábanas y mantas que nadie limpiaba. Su comida preferida era el queso, y su madre, que de vez en cuando salía a ver cómo estaba, se preocupase de que siempre hubiera en una especia de alacena, queso, pan y frutas.

Por la noche, entraba en la casa para deambular por ella, sus padres a menudo oían sus pasos sigilosos por la escalera, se paseaba por las habitaciones mirando a los demás como dormían, sin tocar ni remover nada, como inspeccionando que todo fuera bien.

Y pasó lo que tenía que pasar, que en el pueblo, se enteraron del minúsculo habitante de la casa. Algunos dicen que fue la niña Sara la que se lo contó a una amiga, y otros dicen que no, que fue uno de los amigos de Luis el que lo vio y dio la voz de alarma. Lo cierto es que la gente empezó a hablar hasta que el murmullo llegó a oídos de la mujer del alcalde. Como podéis suponer, al poco rato estaban las fuerzas vivas del pueblo en marcha.

Fin de la segunda parte.

Una delegación de la alcaldía, en la que naturalmente estaban el párroco, el alcalde y el cabo de la guardia civil, se dirigió a la casa a preguntar por el enano.

Llegaron por la tarde, sobre las siete, antes habían tenido una reunión bastante movidita en el ayuntamiento para preparar el plan de actuación.

José y María, los hicieron entrar y sentarse en la amplia mesa de la cocina comedor que era la pieza principal de la casa.

Explicaron que sí, que era verdad, que había un niño chico, pero no sabían muy bien si era una persona o no, debido a su tamaño y a que no hablaba ni se relacionaba con nadie. Explicaron las circunstancias de su nacimiento y que siempre habían pensado que era tan prematuro que no sobreviviría, y que por eso, no dieron cuenta a nadie de su existencia.

Pidieron las autoridades, si podían verlo pero ya le habían estado buscando por toda la casa y no lo habían encontrado, seguramente se habría ido al monte, dijeron.

El cura, muy digno él con su sotana y su sombrero, preguntó así, a bocajarro y sin mezclarle sal, si ella había tenido algún tipo de relación sexual con un animal.

María horrorizada, lo negó enérgicamente, de hecho, ni siquiera había imaginado que esto era posible, y la acción le pareció tan infame que incluso afirmó, y la creyeron, que hubiera preferido morirse antes de hacer “eso” De hecho hay cosas que no se pueden disimular, y todos estaban convencidos de que los tiros no iban por ahí.

Pero el cura, cazurro él, insistía sobre si al menos se habría bañado en aguas fétidas o si había bebido algún brebaje extraño o si se había encontrado con alguna persona que le hubiera hecho algún sortilegio o magia.

A todo eso respondía María llorando, negando y negando, diciendo que ella apenas salía de casa y que era una mujer cristiana y de bien.

El alcalde, que aún maldecía a su mujer por haberle puesto en aquel embolado, seguía callado, cabizbajo, pensando en que le podría perjudicar este asunto en las próximas elecciones, entendía que esto no tenía que haber trascendido y que cada cual en su casa podía hacer o parir lo que le diera la gana.

Y el guardia civil, que aunque parezca extraño, era el más cuerdo de todos, para salir del impasse en que estaban medidos, y antes de que el cura hiciera alguna pregunta estúpida más, propuso dejar el asunto en suspenso hasta encontrar al niño, y que entonces decidirían.

Por lo tanto se levantó la sesión, se fueron los tres mandatarios, el alcalde el primero a grandes zancadas y el cura que había cogido al guardia por el codo le iba cuchicheando el plan que había urdido para pillar al fugitivo.

En los próximos días, se organizaron varias batidas para encontrar al no niño. El cura ya se había encargado de decir que no estaba bautizado y que por lo tanto, no estaba en gracia de Dios. Nadie entendió lo que quería decir con aquello, solo algunos pensaron que los autorizaba para darle algún sopapo.

En la búsqueda, participó medio pueblo, incluso los niños, entre los que se encontraban también sus hermanos. También el cura, que había cambiado su sombrero por una especie de salacot color pajizo y para mejor libertad de zancada se había puesto en las piernas unos aros de ciclista de los que se usan para que no se ensucien las perneras de los pantalones, que convertían de hecho la sotana en unos bombachos muy peculiares.

Durante tres días, estuvieron revisando bosques, marismas, los cauces del rio, la fuente agria, el monte pelado y todos los alrededores que pensaron podían servir de refugio a alguien.

Fue al fin y al cabo, una fiesta, ya que la mayoría salían a buscar con el zurrón lleno y la bota de vino, y no había día en que a medio buscar, se formaran más de un corrillo para “reponer fuerzas”. El cura iba de grupo en grupo medio riñéndolos pero aceptando en todos un generoso trago de la bota de vino.

Y evidentemente, no encontraron a nadie, por lo que al poco tiempo, sin que nadie dijera que la búsqueda había terminado, la gente dejo de preocuparse y volvió a dedicarse a sus quehaceres cotidianos porque en un pueblo siempre hay cosas que hacer.

El único que perseveraba era el cura, que se paseaba por los alrededores de la casa de María y de José, sin importarle que las zarzas se le pegaran a la sotana, mirando a menudo por encima de la cerca.

Nadie entendía por qué había cogido tan a pecho aquel asunto, algún chistoso decía que quería pasar a la historia por bautizar al niño más pequeño del mundo, otros que pensaban que era el padre de la criatura, y que los polvos con sentimiento de culpa producían estas cosas, todo eran habladurías, pero el solo hecho de que preocupara al cura, era suficiente para que los demás se olvidasen del tema.

Pero el de la sotana, seguía erre que erre. Evidentemente sospechaba que la casa podía ser el refugio del no niño, pero había entrado un par de veces a “saludar” y le habían asegurado que no sabían nada de él y que al parecer se lo había tragado la tierra.

María no mentía, pero tampoco decía la verdad, porque el queso y la fruta, seguía desapareciendo de la alacena y ella seguía oyendo diminutos pasitos por la noche.

Pero un día, varios hechos conmocionaron a los aldeanos. El pueblo amaneció sin ningún conejo. Quien más quien menos, tenía una jaula en su casa, allí iban los mendrugos de pan y alguna hierba del campo y así tenían al menos para el arroz de los domingos.. Y de repente, desaparecieron todos, como por encanto. Nada, ninguno, todas las jaulas estaban vacías, nadie se explicaba lo que había pasado.

También los huertos del pueblo aparecieron arrasados, no quedaba ni una brizca de hierba. Tomates, pimientos, berenjenas, totalmente esquilmado, verde y maduro, todo. Parecía que había pasado una marabunta.

El día que pasó esto era domingo, y la gente se reunió en la plaza del pueblo para comentarlo. En esas estaban, cuando apareció corriendo por el camino el panadero que traía cada día el pan.

Venia jadeando y descompuesto, con la cara desencajada, sin poder articular palabra. Había dejado la bicicleta y el saco del pan tirado en el camino y había salido corriendo hacia el pueblo. En vano le preguntaron, no respondía, estaba realmente asustado, se tapaba los oídos o por no querer oír, o por lo que quizá hubiera oído, pero estaba literalmente “ido”. Por lo tanto, decidieron ir en tropel, por el camino a ver si se enteraban que era lo que había visto el panadero para que le entrara tal ataque de pánico.

La bicicleta seguía en el camino, tirada junto a la saca de pan, todo parecía normal. Excepto el monte Pelado que emergía a un lado del camino, lo que antes eran laderas lisas y terrosas, aparecían ahora totalmente agujereadas como si fuera un queso gruyere. Algunos chillidos potentísimos, los obligó a taparse los oídos, era un sonido estremecedor.

Luego el silencio y el sonido alegre de una flauta.

Y, subiendo por la cuesta, a lo lejos, un niño de unos treinta y cinco centímetros, delgadito y flaco, con una casaca y unos cayumbos, iba tocando la flauta, detrás, en perfecto orden, un ejército de conejos le seguía obedientemente.

12 Octubre 2008 - Posted by | Relatos | ,

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