X A R B E T

Yo soy yo, y comparto circunstancias

EL HOMBRE QUE CAGABA TUMBADO.

Oscar no recordaba cuando fue la primera vez. Pero sabía que un día, entró en el baño, echó el pestillo, y poco a poco, sin premuras, como midiendo los movimientos, se fue desnudando. A medida que se quitaba la ropa la dejaba dobladita encima del taburete de tres patas que había junto al lavabo. Luego, se tendió en el suelo de lado, con una pierna semi flexionada y la otra extendida, cerró los ojos y soltó con fuerza el esfínter anal defecando profusa y abundantemente en el suelo. Digamos, para no extendernos innecesariamente en una cuestión algo apestosa que fue una liberación inmensa y enérgica. Todavía unos estertores tardíos, siguieron vaciando el intestino. Nuestro hombre, siguió aún tendido en el suelo durante un tiempo indeterminado, seguía con los ojos cerrados, sin importarle el hedor que se había extendido por el cuarto de baño, respirando acompasadamente, como paladeando el instante, gozando un momento de inmenso placer. Después se levantó trabajosamente, intentando no patinar en un suelo húmedo y pringoso, y también despacio, metódicamente, se dedicó a limpiar el suelo con papel higiénico, luego se duchó, y sin secarse, de rodillas en el suelo, siguió con la limpieza usando esta vez el jabón que es lo que tenía más a mano. Tuvo que volverse a duchar, y después de secarse, se vistió de nuevo y salió del baño.

A ésta primera vez le sucedieron otras. Al principio esporádicamente, cuando tenía tiempo y sentía un hormigueo característico en el intestino que le invitaba a buscar la liberación. En ocasiones lo hacía de la forma tradicional, es decir, sentado en el wáter, pero poco a poco su cuerpo se fue acostumbrando a esperar y no manifestaba su necesidad hasta que las ocupaciones y el lugar permitían la tranquilidad necesaria. Poco a poco, el hormigueo del estomago iba creciendo, Oscar, como en un juego, intentaba prolongar al máximo la espera, como quien esta conteniendo el orgasmo, incluso ya desnudo y en el suelo, retenía con fuerza el esfínter hasta que soltaba amarras de golpe, violentamente, como un latigazo sexual.

Mantuvo su afición en secreto, no confiaba en que nadie de su entorno familiar o escolar pudieran entender lo que le pasaba. De hecho, él mismo no entendía muy bien esta manera de actuar, pero el placer era tan intenso, la paz durante y después de la “ceremonia “ era tan agradable que la tentación siempre vencía sobre la prudencia.

Mientras vivió en casa de sus padres, fue relativamente fácil evitar que sus padres supieran su peculiar manera de cagar. Dedicaba una parte de su asignación mensual a la compra de papel higiénico, no fuera a extrañar su desmedido uso, e incluso aprendió a usar unas bayetas de gamuza que luego lavaba y secaba debajo del colchón. Tampoco fue difícil tener en su armario un frasco de detergente.

Poco a poco esta costumbre dejó de ser extraña, sino que pasó a formar parte de sus hábitos. Incluso su cuerpo, había regularizado su función y con puntualidad suiza, cada día a las seis de la mañana el intestino tocaba su peculiar despertador, invitando a su propietario a iniciar el ritual. Y lo hacía de una manera progresiva, poco a poco aumentando cada segundo la intensidad, hasta que a punto ya de explotar se dirigía al baño. El hacerlo a aquellas horas de la mañana, facilitaba enormemente la labor. Además, el sueño aún no había terminado del todo y se quedaba en su postura tumbado, desnudo y con el trabajo hecho, medio traspuesto, entre despierto y dormido, satisfecho como después de haber hecho el amor hasta que sonaba el segundo despertador, este vez digital que indicaba que eran ya las siete menos cuarto y tenía solo quince minutos para limpiar sus “necesidades”, y bajar a desayunar con su padres.

El problema surgió cuando su vida se cruzó con Mari. Era una chica vivaracha y lenguaraz, compañera suya de clase, a la que siempre había mirado con muy buenos ojos y que un día descubrió que los de ella también buscaban los suyos.

Pasaron los años, y su relación se fue afianzando, dulcificando y después de los abrazos, y los besos, empezaron a hablar de futuro.

Mari había pasado a ocupar un lugar en su vida, la quería con locura y era correspondido con una dulzura y alegría que a veces pensaba que ella había estado siempre en su vida.

De su mente apartaba cada vez que surgía, la idea de que tenía que explicar su “peculiaridad “ a María. No era urgente, podía pasar, podía esperar. Y nunca encontraba el momento adecuado. Al final, desistió de contárselo, sabía que era algo que no se podía explicar sin producir sorpresa, hilaridad y asco. El amor que sentía era tanto y tan intenso que cualquier cosa que lo pusiera en peligro le aterraba.

Pero llegó el día en que decidieron casarse. Sus familias, muy tradicionales no hubieran aceptado ninguna vía que no fuera el matrimonio para ir a vivir juntos, y como seguían estudiando y dependiendo económicamente de sus padres, participaron junto con ellos en los preparativos de la boda y se casaron con gran solemnidad en la pequeña Ermita que había en el camino de la casita de campo de sus padres, que sería de momento su hogar.

Ninguno de los dos llegaba virgen al matrimonio, habían tenido experiencias anteriores e incluso ellos mismo habían tenido esporádicas relaciones sexuales en el coche.

Pero la noche de bodas fue excelsa, sus cuerpos desnudos se unieron ávidos, con pasión, desmesura y transgresión. No quedó centímetro de sus cuerpos sin ser besado, acariciado y sorbido por el otro, cada vez, después del orgasmo, quedaban exhaustos y cada vez se lanzaban de nuevo al descubrimiento de nuevo del placer escondido entre los pliegues de sus cuerpos. Al fin, de madrugada, rindieron sus conciencias al sueño, llenando sus ojos de una brillante oscuridad plagada de pequeños destellos de estrellas.

A las seis de la mañana, Oscar se despertó con el clásico punzón en el bajo vientre, con más intensidad si cabe que nunca, con autentica urgencia, pidiendo paso con insistencia. Se levantó de la cama sin percatarse que María no estaba en la cama a su lado. Se dirigió, desnudo como estaba al baño, abrió la puerta, y… allí en el suelo, desnuda, tendida de lado con una pierna semi flexionada y la otra extendida, mirándole con manifiesta complicidad se encontraba María.

12 Octubre 2008 - Posted by | Relatos | , ,

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