X A R B E T

Yo soy yo, y comparto circunstancias

El hombre que cagaba balines.

Antonio era una persona normal, tan normal como puede ser un hombre de cuarenta y tantos, divorciado y conformado a vivir solo, que aquello de la vida en pareja, no había funcionado, y él, con su trabajo, sus hobbies y su piso de sesenta metros cuadrados en el centro de Barcelona, vivía perfectamente sin dar cuenta a nadie de lo que hacía, y no tenia pareja ni la deseaba.

Cada vez que le apetecía, visitaba algún bar de copas y consideraba que el sexo contratado le salía más barato que cualquier otro que le pudieran ofrecer gratis.

Meticuloso en sus cosas, cada semana repasaba las alacenas, apuntando todo lo que faltaba en la casa para ir a comprar cada quince días. Así, con la libreta en la mano, se dio cuenta que hacía mucho tiempo que no compraba papel higiénico. Y le entró la duda de cuando fue la última vez que había aliviado el vientre. Fue un flash, una idea, pero quedó impresa en su subconsciente, para fijarse en “cuando” seria la próxima vez.

Pasó una semana sin ir de vientre, y empezó a preocuparse, eso evidentemente no era normal, por lo que decidió ir a la farmacia a comprar algo, pese a que no notaba ninguna molestia ni ninguna hinchazón sospechosa.

El la farmacia le dieron unos supositorios de glicerina. Los tuvo que comprar dos veces, ya que la primera había dejado la caja sobre el mármol de la cocina, y al irlos a usar, los encontró blandengues y sudaditos y pensó que aquello no entraba ni con cucharita. La próxima caja la guardó en el frigorífico, tal como decían las instrucciones, y por la noche, se administró uno de los balines.

Nada, tres días con los susodichos, y nada, así que volvió a la farmacia a por algo más fuerte. Le dieron unas pastillas y una especie de tubitos con una cánula que eran como una especie de mini lavativa.

Ni las pastillitas ni los tubitos funcionaron, aquello estaba atorado y no había manera de cagar, por lo que decidió hacer lo que hasta el momento había evitado, ir al médico.

Pensó en pedir hora, pero un acontecimiento precipitó su decisión. Fue un momento difícil que por poco hunde su prestigio en la empresa.

Estaban en el despacho del director, de pié, con la directora adjunta, comentando la última operación inmobiliaria, cuando notó que por su intestino bajaba “algo” y que sin poderlo evitar, se abría paso por su esfínter y salía al exterior. Notó que salía del calzoncillo, y bajaba por la pierna cayendo al suelo junto a su pié. Trabajo le costó seguir hablando, manteniendo la compostura, y disimuladamente, con el pié, ir desplazando aquello hasta meterlo debajo del armario. Afortunadamente no desprendía olor, por lo que ninguno de sus dos interlocutores notó nada. Esperó en la oficina, fingiendo trabajo hasta que se fueron todos, y fue a rescatar la cagarruta de debajo del armario.

Era como una caquilla sólida, como una bala de unos cinco centímetros de largo por medio de diámetro, con puntas en los dos lados. Era duro y estaba seco, no desprendía olor, cualquiera lo hubiera confundido con una mina de grafito. Lo intento doblar con los dedos y entonces, al romperse, desprendió un fuerte y nauseabundo olor que lo obligó a ir corriendo al servicio a tirarlo al wáter, y apretar con ímpetu el pulsador del agua.

El médico, lo escucho pacientemente, le hizo un tacto abdominal, dijo que lo veía normal, y que esperase la próxima vez si es que se repetía y le trajera el “producto” en cuestión.

No tuvo que esperar mucho, solo llegar a su casa, de nuevo, la sensación en el bajo vientre y luego, sin pedir permiso a nadie, el zurullito, salió como una bala.

Tuvo que volver a pedir hora para el médico, pues evidentemente, no podía dejarle el regalo en el buzón, mientras tanto, lo envolvió en papel de plata y lo guardó en el frigorífico, no fuera a pasar como con los supositorios.

El médico, abrió el paquetito, lo miró, lo volvió a cerrar y le dijo que ya le avisaría que lo haría analizar.

Al día siguiente le llamó para decirle que aquello era materia fecal muy comprimida, que no había nada extraño, y que de momento no sabía qué hacer, y que intentaría averiguar algo al respecto. Que de momento esperase, porque al fin y al cabo: “Esto no es urgente”

De momento, lo más urgente era el controlar las deposiciones incontroladas, porque si “aquello” salía en cualquier momento y circunstancia, podría tener problemas.

Lo primero cambiar el tipo de calzoncillos, en vez de los habituales bóxer, tendría que usar unos más ajustados para que nada se escapase fuera. Pero había un problema, porque los slips ceñidos tampoco servían, no fuera que se quedara a medio salir y se rompiese el cilindrin, con el consabido hedor, por lo que acabó comprándose unos de algodón blanco, de los antiguos, con la abertura cruzada al frente y que en el culo le hacían una bolsa lo suficientemente grande para guardar la “mercancía”.

Y así fue funcionando en las siguientes semanas. Más o menos cada día, como se decía a si mismo jocosamente, le salía un tiro por el culo. Pero ahora quedaba amparado en la bolsa culera que llevaba debajo de los pantalones, y sólo tenía que ir cuanto antes al cuarto de baño, a desalojar al inquilino.

De alguna manera, el ahorro en papel higiénico estaba asegurado, porque aquello pasaba fino fino, sin dejar rastro. Además, como era un poco pesado, caía y se iba hacia abajo sin necesitar la ayuda del agua. Por lo tanto, ahorro.

Pensó que si todos cagaran de la misma manera, el universo ahorraría mucha agua, y que el consumo de celulosa seria mucho menor, incluso los pañales de los niños pequeños serian diferentes, no había duda de que el tenia muchas ventajas sobre el resto de los humanos, pero en estos casos, lo que se evalúa no es si es más o menos útil, o si va mejor o peor, lo que jode es ser diferente de los demás, llevar el estigma de “raro”.

Lo que más le fastidiaba era la falta de control que tenia sobre los dichosos balines. Si al menos los pudiera prevenir, iba al baño, lo “hacía “y ya está, más limpio y más fácil, pero como no había ni preaviso ni nada, pues era cabreante, incluso un día salió mientras se duchaba, y con el impacto del suelo, a tanta velocidad salía, se rompió y dejó el baño impregnado de un tufo irrespirable. Le aterraba pensar lo que pasaría si saliera cuando estuviera echando un polvo por ahí.

Cada vez que lo pensaba le entraba un sudor frio que lo dejaba medio mareado. Imaginaba el impacto del zurullo en la pared, el consiguiente aroma y con lo lenguaraces que eran las profesionales del amor, quedaba marcado para toda la vida.

Total, que la abstinencia sexual también le tenía tenso, y el galeno de los ojones, no se aclaraba y cada vez le daba largas.

Un día, Sonia, una compañera de la oficina, le preguntó que le pasaba, que tenía cara de estreñido, y se sonrojó porque la chica tenía razón, tenia tanto miedo a un escape, que iba con el esfínter recogido como si un velero estuviera acortando la vela. Y Mario, el botones, que era homosexual convicto y confeso, con su habitual gracejo, le dio la puntilla al decirle que no se preocupase que si estaba estreñido, que él tenía un aparatito muy lindo para limpiar cañerías.

Por la noche, soñó con Mario. En su sueño, el botones, con una descomunal enculada le solucionaba el problema. Se despertó sudoroso y angustiado, y en la oficina, estuvo evitando su mirada, no sea que notase algo y le pusiera en un apuro. Pero la semilla había caído en buena tierra, y fue germinando en su interior la idea que lo que necesitaba era un buen desatrancador, además, el sueño empezaba a ser recurrente y le sumía en un mar de confusiones.

Hizo todavía algunas pruebas más por su cuenta, los supositorios, las pastillas, otras pastillas diferentes, las lavativas, incluso probó lo que le dijo una viejecita en la farmacia al ver que compraba tantas cosas: “Lo que tienes que usar es una mezcla de aceite y perejil, bien untadito con el dedo y solucionado”.

Nada funcionaba, ni siquiera el perejil, pensó que a lo mejor también tenía que llevar ajo, pero tampoco, fracaso tras fracaso, la idea de la enculada empezaba a coger fuerza.

Total que un día se decidió. Jueves por la noche, para ser más discreto, compró por si acaso un frasco de vaselina en la farmacia, -el mancebo de botica cada vez se lo miraba con mas asombro-, y se fue a un bar de esos de chicos.

Entró, se sentó en la barra del bar y pidió un whisky con hielo. El local era bonito y de una limpieza y pulcritud impactante. Había cortinas de terciopelo rojo que dividían diversos espacios, y la luz era difusa pero suficiente, la música, dulce y empalagosa, invitaba a la confidencia.

Al poco tiempo, se le acercó un chico, bastante más joven que él, y empezaron a hablar, el tipo era culto, y la conversación amena, hablaron de mil cosas, hasta de futbol, la cosa prometía, y su compañero cada vez acercaba más su taburete al suyo, su mano, de vez en cuando le rozaba la suya, primero ligeramente, después más atrevido, ya le cogía la mano y le iba tocando los dedos uno a uno, y girándole la mano, le hacía círculos en la palma. Él le dejaba hacer, pensaba que era inevitable pasar por eso y no le importaba, pero de repente, sin darse cuenta, se encontró con una mano en el muslo y una lengua en la oreja, y dio un salto tan brusco hacia atrás, y puso tal cara de asco, que el otro, compungido, pidió perdón y se fue.

Total que se quedó de nuevo sólo, con su segundo vaso de whisky casi terminado, por lo que pidió otro y siguió esperando.

No había mucha gente en el local, algunas parejas sentados en unas mesas bajitas junto a la barra, y algún movimiento que se intuía en los reservados.

Al poco tiempo, otro chico, un poco mayor que el anterior, se sentó en la barra, pero en la otra punta, quedaban entre ellos cuatro o cinco taburetes vacios. Pidió una consumición, y se dedicó a beberla, despacio, mirando el vaso fijamente. El, en el otro extremo, hacia lo mismo, detrás de la barra, el camarero, serio, enjuto, profesional, secaba por quinta vez el mismo vaso, mirándolo al trasluz para ver si había quedado impoluto. La música, era incapaz de romper el silencio, incluso el aire acondicionado trazaba su silbido manifestando su protagonismo.

Intercambio de miradas furtivas, lucha de trayectorias, impasse profundo. Ninguno de los dos se decidía, y como ahora nadie fumaba…. Total que tuvo que intervenir otro vaso de whisky, que es, al fin y al cabo el catalizador necesario y tuvo suficientes fuerzas para levantarse y recorrer el inmenso espacio entre cinco taburetes para acercarse a su compañero de barra.

Se saludaron, se presentaron, hicieron algunos comentarios, parecía que se gustaban, y como el licor había hecho ya parte de su efecto, se le ocurrió decirle, así de sopetón, que él no era maricon, pero que venía aquí porque necesitaba que alguien le diera por el culo.

Se armó la de Dios es Cristo. El tipo se ofendió y empezó a insultarle en voz alta, le dijo que era un degenerado, que si pensaba que aquello era un burdel, y que se fuera a que le diera por el culo su padre.

Y esta vez, el que tuvo que salir por piernas y con el rabo entre las piernas –nunca mejor dicho- fue él.

Se quedó todo el fin de semana, compungido en su casa, incluso estuvo dándole vueltas al contenido del verdulero por si había algo “compatible “, pero no estaba para bromas, y por primera vez en su vida, se emborrachó solo.

Pasó una nueva semana, todo seguía igual, y llegó otro jueves por la noche, y volvió a salir. Pensó que se había equivocado al elegir un local fino y lo que tenía que hacer era buscar alguno mas bastorro, le costó encontrarlo pero en un callejón oscuro, un par de barbudos gordos, pelados al cero con cadenas en la cintura no podían indicar demasiadas cosas más, así que se decidió y ante el asombro de los centinelas que no entendían lo que hacía una persona con traje gris y corbata en aquel sitio, entró en el local.

Aquello olía a demonios, el calor era agobiante, y las palas de los ventiladores, batían impasibles el espeso aire del local. La música, estridente y chunguera se mezclaba con el griterío reinante, y la gente, que no personas, que abarrotaban el local, participaban en una especie de aquelarre de licor, estridencias, sexo y tumulto.

No pudo ni acercarse a la barra a buscar algún apoyo a su codo, se dejó empujar y zarandear por la multitud, con la mano en la cartera como precaución primera.

Y tuvo suerte, porque una mano poderosa, lo arrastró a un rincón y tuvo que dejarse besar, en parte porque el abrazo era tan poderoso que no podía hacer otra cosa, y en parte porque también había perdido alguna manía .

El sujeto era alto y fuerte, debería medir más de un metro noventa, grueso, con una camiseta negra en la que había una calavera amarilla, y unos pantaloncitos cortos, negros , con un bultazo enorme que sobresalía de la entrepierna. En los pies, botas claveteadas. Mandíbula cuadrada y bien afeitada, le recordó por un momento al capitán Trueno, y unos ojos negros, en unas cuencas enormes que daban un aspecto espectacular a su cara.

Del rincón pasaron a una especie de cuarto que había al final de la barra, en el que se amontonaban cajas de refrescos, vacías y llenas. Sin soltarle la mano, con la otra se bajó el pantalón y le condujo la suya a su sexo. Lo que encontró, no tenía ninguna relación con el bulto inicial, al parecer, había mucho relleno por medio, y la polla, pequeña y semi erecta, presagiaba poco empuje. Tampoco tenía mucho interés el gigante en usar su miembro, ya que se giró y puso el culo en posición para que fuera él en recibir el puyazo.

Como podéis suponer, nuestro amigo Paco, tampoco tenía ninguna erección a la vista, por lo que aprovechando que le había soltado la mano para separarse los mofletes y que estaba con los ojos cerrados, dio media vuelta y se fue.

Directo a la salida, un poco airado que aquello no era lo que él esperaba y además tenía los pulmones llenos de niebla.

Intento regresar a su casa, pero se perdió entre el bosque de callejones de aquel barrio, y cuando se dio cuenta, dos tipos le habían puesto una navaja en el cuello. A él nunca le habían atracado, y pensaba que un atraco era otra cosa, algo más civilizado, más tranquilo, simplemente le decían manos arriba y le quitaban la cartera, pero aquellos salvajes, lo zarandearon, le escupieron, le insultaron y con el cuello demasiado cerca del acero, tuvo que dejar que le vaciasen los bolsillos. Cartera reloj, hasta el cinturón y las gafas de sol le quitaron, luego, el que parecía el cabecilla, con sus gafas de sol puestas, se desabrochó los pantalones y sacó un más que normal miembro con una erección in crescendo, mientras el otro lo empujaba de bruces contra una moto aparcada y le bajaba los pantalones y calzoncillos.

Porfió para entrar el intruso, pero su esfínter, acostumbrado a los balines, no cedía, y temiendo que el dolor fuera en aumento, se acordó del tubito de vaselina que llevaba en un bolsillo, y trabajosamente sacó el tubito y se lo enseñó al que empujaba con la mano por encima del hombro.

La carcajada que soltó el individuo, merecía mejores momentos:

-Mira por donde, el viciosillo, como va prevenido por la vida.

Y en vez de usarlo, cogió y se lo metió, entre burlas en la boca.

-Esto es así cómo se usa no?. Pero como no tenemos tiempo para esperar a que baje, yo te enseñaré como se hace.

Y escupiendo en la mano, se la frotó en el glande, y dio la estocada que esta vez sí, entró como un obús en su intestino.

El efecto fue inmediato, notó de nuevo el habitual cosquilleo en el bajo vientre, esta vez mucho más fuerte que lo habitual y notó una descomunal descarga, un enorme chorro de mierda que dio con el enculador en el suelo, tal fue la fuerza de la cagada.

Esta vez fue él el autor de la carcajada, ni siquiera la interrumpió el aluvión de insultos, bofetadas y coces que se llevó por parte de los forajidos.

Seguía riendo aún después que sus asaltantes, maldiciendo y pringados de mierda se hubieron ido. Como pudo, dejó los pantalones en el suelo, se quitó la americana y se la puso como falda atándose las mangas a la cintura, y así de esa guisa, con la mierda aún rezumando por sus piernas, feliz y contento se fue a su casa.

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12 Octubre 2008 - Posted by | Relatos | , , ,

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